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Jorge Luis Borges es una inagotable fuente de sorpresas.Sus Obras, sus pensamientos, su particular idiosincracia,en este jardín de senderos que se bifurcan

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Anuncian homenajes por los 25 años de la muerte de Jorge Luis Borges

Reediciones, nuevas publicaciones y diversos homenajes recordarán al escritor argentino Jorge Luis Borges a lo largo de 2011, toda vez que el 14 de junio se cumplirán 25 años de su muerte en Ginebra, víctima de un cáncer de hígado.


El Instituto Cervantes de España realizará una docena de actividades en 44 países en homenaje a Borges. Para junio, adelanta su directora Carmen Caffarel, habrá maratones donde los relatos del argentino serán leídos por reconocidos cuentacuentos. Además, se proyectará en España por primera vez la película Invasión, de Hugo Santiago, con guión del propio Borges y Adolfo Bioy Casares. “Su poesía y su sabiduría, siempre han estado a nuestro lado”, dice la directora.

Paralelamente, el Centro de Arte Moderno de Madrid también rendirá tributo al autor de Ficciones con la presentación de una exposición que incluye primeras ediciones de sus libros, revistas literarias, poemas y periódicos donde Borges publicó por primera vez, además de las pinturas de su hermana Norah.


En esa muestra destaca el original de Los Rivero, el único proyecto de novela que inició Borges. Hallado hace poco entre sus papeles custodiados por la Universidad de Texas en Austin, fue publicado el año pasado por Del Centro Editores y la Fundación Internacional Jorge Luis Borges, y este año tendrá difusión hispanoamericana.

Texto raro, Los Rivero es una reflexión sobre las fundaciones republicanas. “Es importantísimo este esbozo; Borges dijo muchas veces que no le gustaba la novela. Pienso que quizá responda al compromiso que éste había adquirido con su padre, a quien le había prometido corregir un libro que éste había hecho, El caudillo”, dice Kodama.

La reedición de sus Obras completas a cargo de Random House Mondadori también será parte de los tributos. Reunidas por Borges en 1973, fueron editadas hasta el año pasado por Emecé, del Grupo Planeta. Según editores del nuevo sello, se publicarán en varios años, partiendo en junio —coincidiendo con la fecha de su muerte— con el tomo que recoge su poesía. En adelante, se iniciará la reedición de todo el catálogo de Borges en formato de bolsillo.

“Espero que tengamos mejor distribución en Latinoamérica, pero quiero decir que no quedamos en malas relaciones con Planeta. Sucede que cada tanto viene bien cambiar, ¿no? Así sucede también en la vida”, aclara Kodama.

A Kodama, la mujer que se enamoró del autor de “El sur” a los 16 años, y que tras convertirse en su secretaria personal en 1975 se casó con él sólo meses antes de su muerte (en abril de 1986), se le ha acusado de cambiar el testamento del poeta o de negarse a que los restos del bonaerense descansen en el cementerio La Recoleta, en lugar de permanecer en Plain-Palais.

Según ella, son calumnias de amigos del propio Borges, como Bioy Casares. “Hacen bastante difícil la tarea de custodiar su memoria. Borges está lleno de invenciones perversas. Si él descansa en Ginebra no es mi decisión sino la suya”, señala quien promete desmentir en un texto (sentencias judiciales incluidas) a sus detractores.

El futuro libro, dice Kodama, echará por tierra leyendas como las que dicen que el ateo Borges habría recibido la extremaunción de un sacerdote católico o que no habría recibido el Premio Nobel a causa de su simpatía por el gobierno de Pinochet.

“Pensar que a Borges no le dieron el Nobel por recibir una condecoración de parte de Pinochet es una idea muy maligna”, dice Kodama. “Si lo saludó es porque es protocolo, son las autoridades de un país”, enfatiza sobre el hombre que, si bien no apreciaba a Neruda, “fue muy amigo de María Luisa Bombal”. Y sigue: “Borges le tenía mucho cariño a Chile. Él decía que los chilenos eran mucho más dulces y discretos que nosotros los argentinos”.
Fuente: http://www.letralia.com/247/0216borges.htm

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Fotos y video de la Página de Maria Kodama en Facebook



Fotos : "BORGES Y YO "de Maria Kodama En Facebook

La viuda de Borges leyó un texto inédito y respondió preguntas del público. El evento fue un éxito.



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Poema: Alguien sueña



¿Que habrá soñado el Tiempo hasta ahora, que es,
como todos los ahoras , el
ápice?

Ha soñado la espada, cuyo mejor lugar es el verso.
Ha soñado y labrado la sentencia, que puede simular
la sabiduría.

Ha soñado la fe, ha soñado las atroces Cruzadas.
Ha soñado a los griegos que descubrieron el diálogo
y la duda.

Ha soñado la aniquilación de Cartago por el fuego y
la sal.
Ha soñado la palabra, ese torpe y rígido símbolo.
Ha soñado la dicha que tuvimos o que ahora soñamos
haber tenido.

Ha soñado la primera mañana de Ur.
Ha soñado el misterioso amor de la brújula.
Ha soñado la proa del noruego y la proa del
portugués.

Ha soñado la ética y las metáforas del mas extraño
de los hombres, el que
murió una tarde en una cruz.

Ha soñado el sabor de la cicuta en la lengua de
Sócrates.
Ha soñado esos dos curiosos hermanos, el eco y el
espejo.

Ha soñado el libro, ese espejo que siempre nos
revela otra cara.
Ha soñado el espejo en que Francisco López Merino y
su imagen se vieron por
última vez.

Ha soñado el espacio. Ha soñado la música, que puede
prescindir del espacio.
Ha soñado el arte de la palabra, aun más
inexplicable que el de la música,
porque incluye la música.

Ha soñado una cuarta dimensión y la fauna singular
que la habita.
Ha soñado el número de la arena.
Ha soñado los números transfinitos, a los que se
llega contando.

Ha soñado al primero que en el trueno oyó el nombre
de Thor.
Ha soñado las opuestas caras de Jano, que no se
verán nunca.

Ha soñado la luna y los dos hombres que caminaron
por la luna.
Ha soñado el pozo y el péndulo.

Ha soñado a Walt Whittman, que decidió ser todos los
hombres, como la
divinidad de Spinoza.

Ha soñado el jazmín, que no puede saber que lo
sueñan.
Ha soñado las generaciones de hormigas y las
generaciones de los reyes.

Ha soñado la vasta red que tejen todas las arañas
del mundo.

Ha soñado el arado y el martillo, el cáncer y la
rosa, las campanadas del
insomnio y el ajedrez.

Ha soñado la enumeración que los tratadistas llaman
caótica y que de hecho
es cósmica, porque todas las cosas están unidas por
vínculos secretos.

Ha soñado a mi abuela Francés Haslam en la
guarnición de Junín, a un trecho
de las lanzas del desierto, leyendo su Biblia y su
Dickens.

Ha soñado que en las batallas los tártaros cantaban.
Ha soñado la mano de Hokusai, trazando una línea que
será muy pronto una
ola.

Ha soñado a Yorick, que vive para siempre en unas
palabras del ilusorio
Hamlet.

Ha soñado los arquetipos.
Ha soñado que a lo largo de los veranos, o en un
cielo anterior a los
veranos, hay una sola rosa.

Ha soñado las caras de tus muertos, que ahora son
empañadas fotografías.
Ha soñado la primera mañana de Uxmal.

Ha soñado el acto de la sombra.
Ha soñado las cien puertas de Tebas.

Ha soñado los pasos del laberinto.
Ha soñado el nombre secreto de Roma, que era su
verdadera muralla.

Ha soñado la vida de los espejos.
Ha soñado los signos que trazara el escriba sentado.
Ha soñado una esfera de marfil que guarda otras
esferas.

Ha soñado el calidoscopio, grato a los ocios del
enfermo y del niño.

Ha soñado el desierto.
Ha soñado el alba que acecha.
Ha soñado el Ganges y el Tamesis, que son nombres de
agua.

Ha soñado mapas que Ulises no habria comprendido.
Ha soñado a Alejandro de macedonia.

Ha soñado el muro del Paraíso, que detuvo a
Alejandro.

Ha soñado el mar y la lagrima.
Ha soñado el cristal.
Ha soñado que alguien lo suena.


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Aproximación al laberinto en algunos cuentos de Jorge Luis Borges

Por: Isabel Noguera Vivancos


Laberinto de Hedge, en Hertfordshire, Inglaterra (1940).
 Por: Isabel Noguera Vivancos


En el presente trabajo intentaremos acercarnos al símbolo del laberinto que aparece en algunos de los cuentos de Jorge Luis Borges. Este símbolo no aparece siempre igual y, en muchos casos, se le proporcionan al lector claves diversas para que vaya penetrando en su significación, para que vaya descifrando sus implicaciones. Borges nos da alguna de estas claves de la misma forma que da otras para penetrar en el laberinto que constituye su carácter.1 De esta manera, utiliza de forma recurrente un sistema de símbolos de la literatura universal que llega a crear un lenguaje propio. En el momento en que el lector desentraña las claves de Borges entra en la interpretación de este lenguaje particular, y este lenguaje particular está aderezado por símbolos como el laberinto, el espejo, el tigre, la espada.************************



El símbolo del laberinto procede de la tradición clásica de los laberintos cretenses. Tiene un significado mágico, metafísico, como podría serlo el área de encuentro consigo mismo, un espacio místico, desconocido.

Sabido es que Borges, a lo largo de su vida, sufrió un sueño recurrente que le angustiaba: se trataba, aquello que veía entre brumas, de un cuarto cerrado, sin ventanas, que tenía una sola puerta. Ese cuarto comunicaba con otro exactamente igual y éste, a su vez, con otro igual y así indefinidamente. Siempre, no obstante, había una luz que le mostraba una especie de laberinto sin fin que iba recorriendo sin cesar, hasta que, angustiadísimo, se despertaba. Durante su infancia, vio en su casa una lámina que representaba un laberinto en cuyo centro había otro más pequeño y esto se repetía al parecer indefinidamente. Él, que era niño, pensó que de haber tenido una lupa muy poderosa podría haber llegado a su centro y haber descubierto qué encerraba allí. Pasaba los veranos en el pueblo de Adrogué y, allí, en el derruido hotel Las Delicias, encontró un laberinto. Este hotel es evocado en “La forma de la espada” y en “La muerte y la brújula”.

El laberinto aparece en los cuentos de Borges a partir del año 1940 y, en su poesía, a partir de 1942. Emir Rodríguez Monegal cree que a Borges le atrae el símbolo del laberinto porque es éste un lugar contradictorio, en el sentido de que suscita un interés ya que esconde y aprisiona y porque, a pesar de ser una construcción humana, parece hecha por Dios. En este sentido, resulta interesante señalar que los personajes borgeanos perecen dentro de su propio laberinto.2

En Borges, lo fantástico es consustancial a la literatura. El mundo que presenta en muchos de sus cuentos es caos, es desatino. Estos laberintos que aparecen y que pueden ser temporales, espaciales o retrospectivos son metáfora de otro laberinto más amplio y también inescrutable: el Universo. El laberinto será, entonces, el origen de alfa y omega, el caos del mundo, la prisión en la que el alma se encierra. A veces, estos laberintos poseen un patio central que tal vez simbolice el núcleo de la vida humana. El objeto del hombre es llegar al centro del laberinto pero, al mismo tiempo, esto no tiene sentido porque llegar al centro y ser capaz de entender, entender todo, es morir. Tal vez en el momento en que llegamos al centro llegamos por fin a la comprensión final, al agotamiento de las innumerables preguntas que la vida suscita, pero, en esos momentos, la comprensión ya importa poco pues ya no vivimos. Como aparece en el poema titulado

“Laberinto”

No habrá nunca una puerta. Estás adentro
Y el alcázar abarca el universo
Y no tiene ni anverso ni reverso
Ni externo muro ni secreto centro.
No esperes que el rigor de tu camino
Que tercamente se bifurca en otro,
Tendrá fin. Es de hierro tu destino
Como tu juez. No aguardes la embestida
Del toro que es un hombre y cuya extraña
Forma plural da horror a la maraña
De interminable piedra entretejida.
No existe. Nada esperes. Ni siquiera
En el negro crepúsculo la fiera.


Como podemos ver, existe pues, una obvia analogía del laberinto con la existencia humana. También la estructura lineal de un libro nos puede sugerir que éste nos está conduciendo a alguna parte, a un sentido último, a la comprensión o a la aprehensión de un secreto celosamente guardado pero, en realidad, solamente nos lleva al silencio o a la lucidez, es decir, al fin o a la repetición sin fin, algo equivalente o similar a la muerte.

En el estilo de Borges es interesante no sólo la aparición del símbolo y su recurrencia sino también la estructura del cuento, el juego literario, la forma de confeccionar la intriga, ya que este autor siempre pretende crear un texto dinámico en el sentido de que pueda recibir múltiples interpretaciones, infinitas lecturas distintas; de ahí la gran importancia que adquiere el lector, pues él se la otorga, en la re-creación de la historia. Desde un punto de vista hermenéutico, el lector construye la historia cada vez que la interpreta. También es dinámico en el sentido de que siempre puede irse corrigiendo; dice Borges en “Las versiones homéricas” que un texto definitivo pertenece sólo a la religión o al cansancio.

Sus cuentos proponen complejos ejercicios mentales, extraños juegos inquietantes, lúdicos y metafísicos que proponen al lector que se involucre en el juego. En el momento en que éste comienza a inquietarse ha comenzado a jugar un papel, a asumir un rol. Para Borges, un libro es un hecho estético que tiene la doble dimensión de escribirse y leerse. Y, respecto al hecho estético, siempre me he sentido conmovida por una de las ideas de Borges sobre lo que éste significaría:

La música, los estados de felicidad, la mitología, las caras trabajadas y el tiempo, ciertos crepúsculos y ciertos lugares, quieren decirnos algo o algo dijeron que no hubiéramos debido perder, o están por decir algo; esta inminencia de una revelación, que no se produce, es, quizá, el hecho estético.

El laberinto es, como vamos viendo, uno de los motivos recurrentes del autor. Etimológicamente, la palabra procede del griego laberhnth, que significaba el principio de las ruinas, los corredores, de un lugar construido especialmente para que la gente se perdiera en él. A propósito de ello, explica Borges:

Yo descubro los laberintos en un libro de la casa Garnier de Francia, que estaba en la biblioteca de mi padre. Era un grabado muy curioso que ocupaba toda una página y representaba un edificio, semejante a un anfiteatro. Recuerdo que tenía grietas y que se le veía alto, más alto que los cipreses y que los hombres que lo circulaban. Mi vista no era óptima, ya era muy miope, pero pensaba que si me ayudaba con una lupa podría ver un Minotauro adentro. Era, además, un símbolo de perplejidad, un símbolo del estar perdido en la vida...3

Se refiere al Minotauro de la mitología clásica, el habitante del laberinto de Creta. Para Borges, y de la mano de la mitología clásica, Dédalo construye el laberinto de Creta. James Joyce crea un laberinto literario y Borges, en el cuento que más abajo analizaremos, “El jardín de los senderos que se bifurcan”, crea un laberinto y hace referencia a uno perdido. Un laberinto que se pierde es una idea doblemente mágica. A una pregunta de Marguerite Yourcenar responde en una ocasión Borges: “Saldré del laberinto cuando lo haga todo el mundo”.4

Debido a que otro de los mitos recurrentes borgeanos es el sueño, en él aparece a veces el laberinto. Él sueña que está perdido en este lugar que no siempre es el mismo y que, incluso, alguna vez puede ser Buenos Aires.

En la siguiente imagen Borges no describe ni más ni menos que su propia muerte:


A esta ruinosa tarde me llevaba
El laberinto múltiple de pasos
Que mis días tejieron desde un día
De la niñez. Al fin he descubierto
La recóndita clave de mis años,
La suerte de Francisco de Laprida,
La letra que faltaba, la perfecta
Forma que supo Dios desde el principio.
En el espejo de esta noche alcanzo
Mi insospechado rostro eterno. El círculo
Se va a cerrar. Yo aguardo que así sea.


El laberinto es pues su vida, un laberinto que ha ido andando o desandando desde la niñez para llegar al final, al momento de entendimiento de todos los significados apenas entrevistos durante tantos y tantos años. El sentido final, el desenlace, el trazo final del círculo, la llegada al centro, al núcleo, es la muerte.

A continuación, vamos a efectuar una aproximación al significado que el símbolo del laberinto ha tenido para el ser humano a lo largo del tiempo. Observamos que es un símbolo que aparece tempranamente; nos lo demuestra el hecho de que el hombre primitivo pintaba círculos y espirales en las rocas previamente a la invención de la rueda. Todas las tradiciones, de Oriente o de Occidente, han utilizado la imagen del laberinto para representar elementos religiosos (pensemos, por ejemplo, en el laberinto de la Catedral de Chartres, aunque otras, como las de Sens, Arras, Amiens, Reims y Auxerre, han tenido algunos comparables). El mandala aparece en la mayor parte de formas arquitectónicas. Para los orientales, por otra parte, el laberinto puede constituir un elemento que facilite la meditación porque, al contemplarlo, se puede llegar al centro espiritual del ser humano. En el mundo helénico, la fuerza creadora está representada por Dédalo, encarnación de la inventiva y el ingenio: también el laberinto aparece en rituales iniciáticos. Mircea Eliade afirma:

(...) El laberinto tiene la función de defender un centro, representa el acceso iniciático a la sacralidad, a la inmortalidad, a la realidad absoluta (...). El acceso al centro equivale a la consagración.5

Para Rodríguez Monegal, el laberinto es:

El ombligo, el círculo dentro del círculo, es el símbolo de la creación incesantemente renovada. Ya sea el paso de la vida a la muerte o, inversamente, de la muerte a la vida, el laberinto es el origen y el fin.6

En Las metamorfosis, de Ovidio, aparece el laberinto como ilustración, y un mapa del mundo del siglo XVI, de Hieronimus Cook, y otro del siglo XIII, de Richard Hallington, hace figurar en Creta un laberinto idéntico al de Chartres con la inscripción Laborintus id est domus Dealli.7

Para Álex Rovira, el ser humano va transitando por la vida/laberinto hasta llegar a través de las pruebas, al interior de sí mismo y, por tanto, al conocimiento. Luego, habrá que salir al mundo y transmitir ese conocimiento. Para Rovira, lo más importante no es el final del viaje sino aquello con lo que vamos conectando durante el trayecto.8

Borges se basará sobre todo en el mito helénico, el del laberinto que el rey de Creta, Minos, hace construir para esconder al hijo que su mujer ha engendrado con un toro. Este hijo es un monstruo que exige sacrificios humanos periódicamente. Teseo acaba matándolo con la ayuda del hilo que otro personaje mitológico, Ariadna, le proporciona. Es el final del Minotauro. Esta leyenda es, posiblemente, consecuencia de la cultura cretense, que había practicado el culto al toro y que había construido, por otra parte, palacios intrincados como el de Cnosos. Borges aprovecha los símbolos que le aporta la tradición haciendo de esta figura un símbolo muy personal y ello es porque, gracias al laberinto, le resulta más fácil expresar su propia visión de la existencia humana.

Niega la realidad y la posibilidad, incluso, de conocerla; los sistemas filosóficos como intentos de explicar el mundo son, para él, sólo palabras y, como tales, sólo pueden constituir ficciones, hechos estéticos. Sabido es que, para él, los más importantes filósofos de todos los tiempos son fabuladores de historias, genios de la literatura fantástica. Borges insiste siempre en que el mundo es un caos incomprensible y que está fuera de lógica por absurdo intentar encontrarle explicación, causa y origen. En este mundo o laberinto, lo más probable es extraviarse, perderse y morir sin haber llegado a entender nada.

El laberinto podría ser otra forma de espejo, de reflejo, según Fernando Savater; por ello, “La lotería en Babilonia” termina confundiéndose con el mundo y con Dios.9

Para Alazraki, el laberinto representa cosas diversas en cada cuento en que este signo aparece; a veces en forma de insistente símbolo, otras nos remite a la idea de un laberinto sólo en cuanto a que la estructura de la narración es laberíntica, por ejemplo, en el caso en que encontremos cuentos dentro de otros cuentos y, otras veces, el orden y el ritmo de una descripción sugieren la idea de un laberinto porque organizan los materiales en construcciones laberínticas. De esta forma, él proyecta su cosmovisión, que consiste, como decíamos, en que el mundo es caos y dentro de él el hombre está perdido como si de un laberinto se tratara este lugar.10 En el ensayo “Nuestro pobre individualismo”, Borges define:

El mundo, para el europeo, es un cosmos, para el argentino es un caos.

En el cuento titulado “La otra muerte”, Alazraki, en la obra citada más arriba, ve la muestra inequívoca de que los cuentos tienen un tema central y varios subtemas.

Habló de municiones que no llegaron y de caballadas rendidas, de hombres dormidos y terrosos tejiendo laberintos de marchas... (El Aleph, pág. 74).

Para Barrenechea, todo esto puede ser un símbolo del hombre casi sonámbulo, casi ciego, que camina perdido por un mundo sin sentido. Destaca las connotaciones semánticas de las palabras que utiliza el autor y que pueden emparentarse con el laberinto y con el dibujo secreto. Estas connotaciones las hallamos en verbos como tejer, entretejer, urdir, barajar y en adjetivos como intrincado, inextricable, tortuoso, sinuoso. Todos ellos nos remiten a elementos superpuestos, unos surgen de otros, todo está entremezclado y no hay camino recto y despejado. También se multiplican las teorías filosóficas o cosmológicas, en la estructura de un cuento, en un detalle, en una metáfora de la misma manera que el tiempo se ramifica indefinidamente. Los

Infinitos caminos que divergen, corren paralelos o se entrecruzan porque juega con la posibilidad de elegir todos los destinos y de ir viviendo infinitas historias infinitamente ramificadas.11

Dice Ronald Christ que la acción del mundo peculiar creado por Borges se concreta en un movimiento vertical y horizontal:

Y el ritual fundamental es el rito del cuchillo frecuentemente representado como ceremonia del laberinto.12

Quisiera finalizar esta introducción con unas palabras de Jaime Alazraki:13

Borges ha renunciado al laberinto de los dioses pero no al laberinto de los hombres. Su modo de percibirlo se nutre de ideas de todos los tiempos: el tiempo cíclico, el panteísmo, la ley de causalidad, el mundo como sueño o idea y otras que han dejado de ser verdades absolutas para convertirse en mitos, en maravillas, en intuiciones.

A continuación, me dispongo a analizar la aparición del símbolo del laberinto en algunos de los cuentos de Jorge Luis Borges. Los cuentos son:

“El Inmortal”.
“La casa de Asterión”.
“Los dos reyes y los dos laberintos”.
“Las ruinas circulares”.
“La lotería en Babilonia”.
“La biblioteca de Babel”.
“El jardín de senderos que se bifurcan”.

El método que vamos a seguir consistirá en examinar someramente el tema y argumento del cuento y, a continuación, analizaremos en cada caso el símbolo del laberinto.


“El Inmortal”

El argumento del relato es el siguiente: un anticuario regala a una princesa los seis volúmenes de la Ilíada de Pope. Poco después, este anticuario muere. En el último de los tomos, ella halla un manuscrito que es lo que aporta la clave de verosimilitud para el lector. Podemos verlo en frases como:

El original está redactado en inglés y abunda en latinismos. La versión que ofrecemos es literal.

La princesa lee en el manuscrito la siguiente historia: un hombre, tribuno de la legión del emperador Diocleciano, desea más que nada en el mundo descubrir la secreta Ciudad de los Inmortales, esa ciudad surge del Ganges y puede hallarse caminando hacia occidente, en el lugar donde la tierra termina. El tribuno en cuestión apenas ha tenido contacto directo con la guerra y, como no ha tenido la oportunidad de ser un héroe, decide emprender esta ardua tarea, este viaje, con un número inicial de doscientos soldados y mercenarios que desertarán y le dejarán solo pues el camino es durísimo. Los conflictos se suceden: deserciones, motines y, cuando comprende que quieren matarle, huye del campamento. Es herido por una flecha cretense y, en su fiebre, sueña con un laberinto.

Insoportablemente soñé con un exiguo y nítido laberinto: en el centro había un cántaro; mis manos casi lo tocaban, mis ojos lo veían, pero tan intrincadas y perplejas eran las curvas que yo sabía que iba a morir antes de alcanzarlo.

El hombre se ha convertido en un prisionero. En el margen opuesto de donde él está se sitúa la Ciudad de los Inmortales. Consigue desligarse y muchos hombres grises, trogloditas, le rodean. Llega a la ciudad y va penetrando en laberintos que se suceden sin remisión. La sensación que tiene es agobiante, de ahogo; se pierde pero al fin logra emerger porque en la simetría de un laberinto existe una parte original y otra que es su duplicación. De esta forma, es concebible hallar una salida.

Yo había cruzado un laberinto, pero la nítida Ciudad de los Inmortales me atemorizó y repugnó. Un laberinto es una casa labrada para confundir a los hombres; su arquitectura, pródiga en simetrías, está subordinada a ese fin. En el palacio que imperfectamente exploré la arquitectura carecía de fin.

Nuestro protagonista vuelve a hundirse en los negros laberintos no pudiendo soportarlo —mencionaremos aquí que Borges admiraba a un constructor de laberintos que respondía al nombre de Piranesi—, pero un troglodita le ha ido siguiendo y él decide enseñarle los secretos del lenguaje; curiosamente, este troglodita le hace pensar en Argos, perro de la Odisea, quien tras veinte años sin ver a Ulises, lo reencuentra y muere de emoción. Finalmente, el troglodita murmurará unas palabras.

Entonces, con mansa admiración, como si descubriera una cosa perdida y olvidada hace mucho tiempo, Argos balbuceó estas palabras: Argos, perro de Ulises. Y después, también sin mirarme: Este perro tirado en el estiércol.

Aquel día, además de entender que el troglodita es el autor de la Odisea, comprenderá —todo me fue dilucidado, aquel día— que los trogloditas son los inmortales que él había estado buscando. Éstos,

Juzgando que toda empresa es vana, determinaron vivir en el pensamiento, en la pura especulación.

No es gratuito que el tema se plantee en torno a la figura de Homero, pues éste es un poeta en quien el tema de la inmortalidad es importante; en esa poesía lo que llega a ser inmortal es la hazaña, el héroe; el que no puede ser un dios aspira, como Aquiles, a ser, por lo menos, un héroe, para que sus grandes hazañas no sean jamás olvidadas y sean por los siglos de los siglos cantadas, transmitiéndose de generación en generación. Es otra forma de inmortalidad. Homero le explica que

Ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte.

Puesto que el hecho de ser inmortal no es la panacea ni produce felicidad ninguna, busca un río cuyas aguas borren el don de la inmortalidad. Pasan los años, los siglos, y, un día, prueba agua en un lugar casual. Tras ello, felizmente, comprueba que se ha convertido en un hombre mortal. La bebida no le ha proporcionado la inmortalidad sino la mortalidad.

En este cuento de múltiples laberintos, podemos ver, ya desde el principio, en el encabezamiento, la cita de Bacon que nos informa de que nada nuevo hay sobre la tierra. Por ello, Platón pensaba que el conocimiento es sólo un recuerdo y también Salomón sentenció: “toda novedad es olvido”.

Dice Guido Castillo que ser inmortal es como una muerte permanente, un modo de permanecer en un estado intermedio que no es vida ni muerte, semejante al de los trogloditas, al mundo que visita Ulises en la Odisea, al mundo de mortales inmortalizados.14

Esta ciudad de inmortales a donde va a parar el tribuno es una ciudad de gente extraña y cruel, atributos a los que les ha conducido su propia indiferencia por todo. Su no vida no tiene ningún objeto, ninguna finalidad y, por ello, son unos locos, están locos. La estructura de la ciudad, una estructura laberíntica y caótica, es una ejemplificación de su desorden mental. La bajada de Marco Flaminio Rufo a la ciudad laberíntica nos remite fácilmente a la bajada a los infiernos de Ulises y asimismo al descenso de Eneas. En este laberinto, el número nueve se va repitiendo. Es un número que aparece frecuentemente en la literatura y también en la Biblia, en el Apocalipsis. Los pitagóricos juraban por el número nueve y, en La Divina Comedia, el viajero baja al infierno a través de nueve círculos. Borges utiliza este número para titular su ensayo Nueve ensayos dantescos, donde aparece la siguiente descripción:

Los círculos son nueve y es ruinosa y atroz su topografía; los cinco primeros forman el Alto Infierno, los cuatro últimos, el Infierno Inferior, que es una ciudad con mezquitas rojas, cercada de murallas de hierro.

Nos recuerda a la Ciudad de los Inmortales.

“La casa de Asterión”

El punto de partida de este cuento es un conocido mito clásico pero, hasta las últimas líneas, no nos es revelada la identidad del personaje que se expresa y cuál es su propio drama. Hasta el final, el autor nos intriga, a nosotros lectores, enredándonos en una historia insólita. Los temas que aparecen en el cuento son múltiples y se enredan unos con otros: la soledad, la imposibilidad de comunicarse, la propia identidad, la realidad múltiple y caleidoscópica, el laberinto. Dice Borges que imaginó este cuento inspirándose en una pintura de Watts. Aquí, el laberinto excederá sus límites y se multiplicará por la tierra.

En las últimas líneas de la narración, se descubre que la historia se refiere a la leyenda mitológica del Minotauro, que era un monstruo con cuerpo de hombre y cabeza de toro, hijo de la reina Pasiphaé y de un toro, que vivía en el laberinto de Creta y se alimentaba de carne humana. Los atenienses le ofrecían de forma periódica, cada nueve años, a siete hombres y siete mujeres para que los sacrificase. Teseo, rey de Atenas, se enamoró de Ariadna, hija de Minos. Teseo mató al Minotauro tras atreverse a penetrar en el laberinto, después de que Ariadna le diera un ovillo de hilo y una espada. Con la espada le mató y fue devanando el ovillo por el intrincado interior de la construcción. Gracias al ovillo Teseo logró encontrar la salida.

Pero sólo entendemos esto una vez hemos llegado al final del cuento y se nos ha dado la clave. Cuando empezamos a leer, el argumento que encontramos es el que sigue: un hombre solitario vive en una casa, o algo similar a una casa, sin muebles ni adorno alguno; su salida al exterior produce el miedo ajeno. Su madre fue una reina y por eso él no puede confundirse con el vulgo, es distinto y tiene plena conciencia de ello. Sus distracciones no se concretan en leer sino en correr por las galerías de su casa —el laberinto—, se tira al suelo, dormita de vez en cuando, pero juega, especialmente, a que otro Asterión va a visitarle, como un niño que imagine un amigo invisible con el que jugar. Es la sensación de soledad que le atormenta. En este momento, se nos da una indicación de la estructura laberíntica del lugar:

Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.

Y claramente
La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo.

Puesto que encerrados en un lugar este lugar deviene el único mundo para nosotros, Asterión siente así. Vive en el laberinto del Minotauro, puesto que es él mismo pero, a veces, su casa parece el laberinto del universo; es un laberinto grande, complejo, que nos remite a la infinitud de aquél. El protagonista ha perdido ya toda referencia y eso le hace dudar de su propia identidad. Cada nueve años entran nueve jóvenes. Asterión oyó cómo, una vez, uno de ellos profetizaba la llegada de su redentor. Lo que él ignora es que este redentor vendrá a matarlo. O que su redención será la muerte.

Al final del cuento, Teseo se extraña de la poca resistencia que le ha opuesto el Minotauro. Los lectores sabemos por qué, estamos en el secreto: Asterión anhelaba su liberación y su muerte es su liberación, como la es de todo aquél que sufre o que lleva una vida intolerable.

Como Borges cree que cualquier texto se enriquece cuando tiene relación con otros autores y textos, es interesante el uso que hace de la idea e iconología del laberinto.

Pues para él, este laberinto es una visión del mundo. En este cuento encontramos la condición del hombre en el mundo, en el universo. Los juegos en el laberinto, la búsqueda de significado, la comunicación y la incomunicación. Nuestro mundo es un laberinto ininteligible que, a su vez, se halla incluido en otro laberinto aun más inexpugnable: el universo. Asterión cree que su casa es del tamaño del mundo aunque dice:

He alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí.

Porque aquí descubre que lo que él creía su mundo, el mundo, está incluido en otro mundo ininteligible. Nuestra vida es tal vez parangonable a la de Asterión: buscamos un sentido y no lo encontramos; estamos solos y fantaseamos con lo que nos gustaría, no encontramos salida a nuestros conflictos, nos sentimos perdidos. Llega un momento en que nuestra única esperanza es un hecho que solucione las cosas o un redentor omnipotente, como el que se da en algunas religiones, que venga a salvarnos. Asterión se nos presenta como un ser indefenso y desesperado, solo y extraviado. Aunque no sea humano es exactamente como cualquier humano que es consciente de su soledad y de la incertidumbre. No sabe que su redentor será también su verdugo, es decir, no hay salida posible para él.

Esta metáfora de la vida humana es desesperanzadora. Si el Minotauro del mito es bestial, el que el autor nos muestra en este relato es indefenso, casi nos produce lástima porque nos vemos reflejados en él; percibimos, de forma inequívoca, que todos nosotros podemos ser Asterión. La única perspectiva o esperanza en un horizonte apenas entrevisto más allá de las bifurcaciones infinitas que nos confunden, sin sentido, es la muerte. El hombre es un ser solitario que va vagando por las galerías de la vida, que no sabe qué camino tomar ante cada encrucijada y que, al haber optado por uno de ellos, comprende que se ha equivocado, que no hay salida. Como dice Adrián Huici: “En esta vida sólo cabe la rutina, el horror o la locura y la esperanza en el advenimiento de un redentor se transforma en una trágica ironía”.15

Este cuento tan breve ocupa un lugar central en la narrativa borgeana porque aquí el laberinto, su símbolo, adquiere su significado total. Este símbolo aparece en muchos otros cuentos y, ya lo hemos visto, en algunas de sus poesías, pero en este cuento el laberinto es el centro, el tema, el núcleo alrededor del cual gira todo lo demás. Para reflejar su propia concepción del mundo y la tragedia del hombre moderno, Borges se sirve de un mito clásico que le brinda, además, el símbolo que le interesa porque es el que, por su forma, se asemeja más a su pensamiento sobre el caos del universo. De esta manera, le está dando una interpretación nueva, moderna, a algo preexistente, a una historia clásica.

Como todos los hombres, Asterión tiene la sensación de ser único y especial, pero se aburre porque está solo, y esta soledad le lleva al límite de la locura. Dice Adrián Huici:

Se hace evidente que, cuanto más pierde Asterión las características propias del monstruo mitológico, más se perfila en él la figura del hombre moderno, inmerso en un mundo que no le satisface y que lo limita y envuelve como una telaraña. Sólo que, en este caso, la tela la ha tejido él mismo y, por otra parte, salir de ella puede significar la confrontación con una realidad aun más atroz. Como el hombre, como el propio Borges ante la impenetrabilidad del universo y la precariedad de sus instrumentos para intentar conocerlo, Asterión cae en el escepticismo.

Aunque su esperanza surge de su fe en el porvenir.

Uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor. Desde entonces no me duele la soledad.

Es una salida metafísica que el lector, que lee la historia entera, sabe que es imposible. A lo largo del cuento se nos van haciendo referencias continuas al laberinto y a cómo es la vida dentro de él, pero en ningún momento se nos nombra la palabra laberinto. Igualmente, hasta la última línea no aparece la palabra Minotauro. En la penúltima línea aparecen los dos nombres propios: Ariadna y Teseo. Resulta ciertamente chocante que el mito esté aquí narrado desde la perspectiva del Minotauro, lo que constituye algo, sin lugar a dudas, inédito.

Respecto al hecho de que la casa de Asterión —la vida del ser humano— es un laberinto, podemos remitirnos al cuento titulado “Abenjacán el Bojarí, muerto en su laberinto”. En este relato aparecen un matemático, que presume de poder descubrir el misterio del universo, y un poeta. Uno dice al otroque el universo, ya de por sí, es un laberinto.

Asterión vive en la paradoja de saber su nombre sin saber cómo es, sin saber que no puede compartir la vida con nadie porque no pertenece a ninguna especie, ni a la humana ni a la del toro, de vivir en un lugar del que no conoce los límites y saber que no es un prisionero pero no saber ni tener a dónde ir.

Anderson-Imbert, en su artículo sobre este cuento, nos dice:

La agnóstica visión de Borges se expresa en una dialéctica de buen humor. Encierra en un laberinto lingüístico al lector y juega con él hasta derrotarlo. En su fruición estética se perciben, sin embargo, sobretonos de angustia, una angustia que dimana de saberse único, solitario, delirante, perdido y perplejo en un ser ciego. Borges es Asterión, el Minotauro.16

Tal vez es Asterión quien ha creado las estrellas y el sol y lo ha olvidado. Él lo ignora.17

“(...) yo existo y con mi imaginación he creado las estrellas y el sol. Pero como no hay nadie que me lo recuerde, como no hay una otredad cultural que me edifique templos, como el templo de las Hachas no parece referirse a mí en ninguna de sus estatuas, tal vez yo me he olvidado de que fui el gran artífice de todo”. Esa posibilidad de haber creado Asterión las estrellas y ya no acordarse, me sugiere que la casa de Asterión es también una parodia de la idea de Dios. Dios, como Asterión, también es único y por ello, también se encuentra solo en un universo sin la presencia de semejantes.

Asterión aspira a un futuro mejor, un futuro en que él no sea único. La frase “apenas se defendió” nos muestra a un Asterión que no desea en absoluto defenderse de su redentor sino entregarse a él. Tal vez se defienda un poquito por inercia a continuar viviendo, por miedo a lo desconocido, por el dolor de la espada, por la sorpresa de la crueldad del redentor que resulta ser su verdugo y que trueca su esperanza en súbita decepción. Este final produce pena porque es una burla cruel del destino, la señal de que, finalmente, no hay nada que esperar. Aunque podríamos verlo de otra forma: la muerte es para Asterión el final de un tipo de existencia que ya no da de sí más que soledad. Quizá podamos entender la muerte como transmutación. Una vez más, son obvias las similitudes con la vida del hombre.

El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.

—¿Lo creerás, Ariadna? —dijo Teseo—. El Minotauro apenas se defendió.

No es hasta este momento cuando los lectores comprendemos el relato.

“Los dos reyes y los dos laberintos”

En este relato se nos explica una historia sobre un rey de las islas de Babilonia. Éste reúne a sus arquitectos y magos con el fin de que construyan un laberinto. Cuando éste está construido todo aquél que penetre en él se perderá, lo que demostrará el poder del rey y le confirmará en la perduración de su vanidad. El rey posee, deducimos, la pretensión babélica de igualar a Dios en su poder.

...porque la confusión y la maravilla son operaciones propias de Dios y no de los hombres.

A un visitante, rey de árabes, le hace penetrar en el laberinto con bastante mala intención, para burlarse de él. El visitante, obviamente, se pierde y, desesperado, pide auxilio a Dios. Su humanidad le salva. Al salir, al fin, del laberinto, le comenta al rey babilonio que él posee uno mejor y que tal vez algún día tenga ocasión de comprobarlo. Pasa el tiempo, y el rey de los árabes, a causa de una serie de avatares del destino, hace prisionero al otro, al vanidoso. Le conduce atado al desierto, al desierto que es su laberinto, un laberinto peculiar, si es que alguno hay que no lo sea, en el que no hay escaleras, ni puertas ni galerías. Allí le abandona a su suerte y el rey muere en el desierto, que constituye un laberinto muy superior al más sofisticado laberinto de confección humana por la sola razón de que no ha sido construido por un hombre. Y, aunque se trata de un laberinto visible a la luz del día, es imposible para un rey vanidoso y arrogante orientarse en él.

¿Es acaso el desierto el laberinto de Dios? Al no haber nada, ningún punto que se pueda tomar como referente reconocible ni repetible, nos produce la sensación de lo infinito. De ese laberinto no se puede salir porque la falta de simetrías —salvables en el caso del laberinto mitológico, por el hilo de Ariadna— produce sensación de simultaneidad. Tal vez la humildad sería lo único que le salvaría, pero es de suponer que en esta parábola sobre el final de la arrogancia el rey babilonio pierde toda vanidad, cuando comprende que no hay salvación. Porque la vanidad del vanidoso sólo desaparece cuando comprende que lo que creía su importancia y su poder no sirve de nada.

Éste es un cuento muy breve aunque en absoluto casual, ya que la brevedad y la simplificación, en palabras de Carlos Cañeque, se convierten en los atributos del mejor laberinto. Laberinto aquí plenamente visible, en todo su esplendor. Dice Ion Agheana:

El rey de Arabia ha recibido una gracia de Dios que le permite salir del primer laberinto y hallar la divina simplicidad del segundo. En ese hallazgo existe también una forma de comprensión.

Borges se refiere a ello en otros pasajes, cuando habla del momento y del acto estético, y dice que primero vemos, en este caso, la imagen del desierto y luego comprendemos. “Tácito habló de la crucifixión de Jesús”, dice Borges, “y no sabía lo que era; creía que era una cosa cualquiera y no se daba cuenta de su importancia”.

“Este acto de comprensión es también estético y ocurre de dos formas: cuando se ve y cuando se escribe. Porque la experiencia y la comprensión estética no son simultáneas salvo en el caso de revelación. El bibliotecario del sueño de Hladík en ‘El milagro secreto’ está cargado con la misma hybris que el rey de Babilonia, porque cree que por haber leído toda su vida está más cerca de la verdad que los demás; Hladík, al abrir al azar un libro, está actuando con la humildad del rey de Arabia y por ello obtiene la revelación. Es un mecanismo coherente que yo he tratado de estudiar en algunos de mis libros sobre Borges”.
“Las ruinas circulares”


Un hombre que llega del Sur desembarca en algún lugar. Se arrastra, mareado, hasta un recinto circular, un antiguo templo destruido. Su deseo más ferviente es soñar un hombre, dándole vida mediante el sueño. Y este deseo es más fuerte que todo, que su propia vida. En sus sueños previos a la realización, el laberinto constituye una trampa, una adivinanza, un examen. El alumno que escuche sus claves pero que tenga ideas propias, que sea creativo, podrá ser redimido y convertirse en un ente con vida propia. El protagonista se queda con uno pero más tarde ese sueño vano se le escurre de entre los dedos.

A partir de aquí, adopta otro método de trabajo: sueña a un hombre durante catorce —o infinitas— noches; va soñando todos sus órganos vitales como si los fuera dibujando y, una noche, sueña su corazón y sus latidos: le ha dado vida. Por fin los hechos y los días le demostrarán que también él, el soñador, es producto de otro sueño o soñador, que también él vive porque otro está soñándole.

Nuevamente, aquí, el hombre es un habitante desconcertado de los círculos concéntricos del laberinto que es la vida humana. El problema que se plantea aquí es el de la creación literaria, un tema recurrente entre los poetas y narradores (desde Bécquer hasta Unamuno pasando por Juan Ramón y Pirandello), el hecho de crear personajes con vida propia. El premio del soñado, del elegido para ser soñado, es que pasará a ser real.

El soñador ocupa el centro del anfiteatro que era de algún modo el templo incendiado.

Tanto el templo como el anfiteatro son circulares e infinitos y los círculos pueden ser repetidos infinitamente sin principio ni fin. Opina Carlos Cañeque que el círculo podría ser una cárcel infinita de la que seríamos prisioneros, a partir de la definición de Pascal y de Bruno de que el universo es una esfera cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna. Encontramos también la idea del laberinto en forma de trampa, de examen.

Los rostros escuchaban con ansiedad y procuraban responder con entendimiento, como si adivinaran la importancia de aquel examen, que redimiría a uno de ellos de su condición de vana apariencia y lo interpolaría en el mundo real.

La circularidad laberíntica la percibimos en el hecho del propio soñador soñado, hasta el infinito, aunque siguiendo el trazo del círculo, el último soñador será el primero, aunque sólo en el caso de que en el trazado exista un origen. De todas maneras, los cuentos de Borges no buscan transmitir ningún mensaje sino inquietar al lector, quien al leer el cuento lo re-crea al hacer una lectura-interpretación personal, partiendo de sus propios parámetros. Y esto es lo interesante para Borges: las múltiples lecturas que su texto pueda suscitar. Borges provoca al lector haciéndolo sentir incómodo, angustiado, en ese “desasosiego intelectual” básico como punto de partida de cualquier aventura estética. Ello permite abordar este cuento desde varias claves distintas: el relato puede entenderse desde el punto de vista de la creación humana y también desde el punto de vista de la dificultad de la creación literaria: engendrar un ser-personaje creíble y, hasta cierto punto, independiente, lo que nos llevaría a relacionarlo con un problema unamuniano. Existe un trabajo de Donald Shaw sobre este tema.18

La circularidad que indica el título puede relacionarse con la creación literaria, lo que nos llevaría a entender el relato más como ensayo que como cuento, aunque sea un ensayo que utilice la parábola. No obstante, a Borges le importa poco la diferenciación de géneros y en él encontramos más de una vez la ruptura y la superposición de los mismos. Lo importante aquí no es señalar el género exacto sino aprehender las limitaciones, las dificultades de un ser creador para lograr que la materia adquiera forma y comience a latir por sí sola. Dice Leonor Fleming que

Borges comienza por cuestionar el propio instrumento, el tipo y el modo de expresión de ese cuestionamiento y lo hace trastocando los géneros, subvirtiendo el lenguaje y los recursos literarios habituales.19

En un principio, la apariencia es de cuento fantástico ya que el protagonista es un mago que se dispone a hacer algo mágico, la proeza que sería crear un ser nuevo (recordemos aquí al doctor Frankenstein). El lugar que para este fin escoge también constituye un escenario ideal para tal pretensión: un lugar mágico, circular, solitario, con lo cual nos encontramos con una serie de elementos fantásticos conjugados. Estos elementos, no obstante, no se utilizan para crear un cuento fantástico de magos sino para hablar del eterno problema de la creación literaria, y esto es lo más chocante y lo que, en mayor medida, trastoca los significados deducibles a priori del texto. Todo esto implica que las lecturas del cuento pueden ser variadas y, en algunas ocasiones, incluso múltiples, ya que los temas extraíbles no son únicos y no quedan fuera del umbral realidad y fantasía y teoría y ficción. Y no es casual que lo nuevo, el personaje, nazca de las ruinas del anfiteatro, porque el proceso creativo no sólo es creativo sino también destructivo, de ahí las ruinas como elemento simbólico.


“La lotería en Babilonia”

El tema central es aquí el azar, como orden superior, manifestación de divinidad, dando al traste con el poder del Estado. La lotería se inmiscuye en el orden mundial. En el argumento encontramos a un hombre que ha sido político y más cosas, quien habla de qué significa en su país la lotería, un juego que adquiere cada vez mayor envergadura, en el que es posible ganar o perder. Los perdedores que deberían pagar una multa se niegan a hacerlo por lo que los ganadores no cobran. Para los perdedores es preferible ir a la cárcel que pagar.

Poco después, los informes de los sorteos omitieron las enumeraciones de multas y se limitaron a publicar los días de prisión que designaba cada número adverso. Ese laconismo, casi inadvertido en su tiempo, fue de importancia capital. Fue la primera aparición en la lotería de elementos no pecuniarios. El éxito fue grande. Instada por los jugadores, la Compañía se vio precisada a aumentar los números adversos.

Esta Compañía es el resultado racional y administrativo de un desarrollo que impone, finalmente, el caos: combina elementos de azar con elementos de orden y, así, los babilonios se hallan presos en el laberinto de la lotería. El juego acaba provocando discusiones de carácter jurídico-matemático:

Si la lotería es una intensificación del azar, una periódica infusión del caos en el cosmos ¿no convendría que el azar interviniera en todas las etapas del sorteo y no en una sola? ¿No es irrisorio que el azar dicte la muerte de alguien y que las circunstancias de esa muerte —la reserva, la publicidad, el plazo de una hora o de un siglo— no estén sujetas al azar?

(...) La Compañía, con modestia divina, elude publicidad. Sus agentes, como es natural, son secretos; las órdenes que imparte continuamente (quizá incesantemente) no difieren de las que prodigan los impostores. Además ¿quién podrá jactarse de ser un mero impostor? El ebrio que improvisa un mandato absurdo, el soñador que se despierta de golpe y ahoga con las manos a la mujer que duerme a su lado ¿no ejecutan, acaso, una secreta decisión de la Compañía? Ese funcionamiento silencioso, comparable al de Dios, provoca toda suerte de conjeturas...

Hay que admitir que ambos fragmentos son inquietantes. Si los habitantes de este mundo están dirigidos por la Compañía y cumplen fatalmente con lo prefijado por ella, carecen de libertad, se enredan en una prisión sin salida. La misma frase del principio, Soy de un país vertiginoso, nos sugiere caos, locura, sin entender nada, a causa de un azar ininteligible.

Al principio del relato encontramos a un hombre que ha sido muchos distintos, tantos que ha llegado a perder su identidad: ha sido procónsul y esclavo como ciudadano de la Compañía, ha sido para ésta un número más, sin identidad propia. En Babilonia, ser cualquier cosa, esclavo o procónsul, sólo significa que en el siguiente sorteo cambiará la identidad. En ese sentido, el cuento nos remite a Kafka. Dice Borges:

Yo he escrito dos cuentos que son más o menos paráfrasis de Kafka: “La lotería en Babilonia” y “La biblioteca de Babel”. Y luego me di cuenta de que me podía llevar a un modo mecánico de composición. Eso se nota sobre todo en las novelas de Kafka, la postergación infinita.20

Y, además, en el cuento encontramos una referencia fonética que no es gratuita

Había ciertos leones de piedra, había una letrina sagrada llamada Qaphqa...

Y, sin duda, kafkiana es la angustia de los procesos inacabables como castillos laberínticos y metamorfosis de identidad que aparecen periódicamente, con cada sorteo. La Compañía odia a Kafka porque este autor es un reflejo de la angustia de los babilonios. Este Estado llamado La Compañía pretende legitimarse aplicando una especie de leyes y una organización social basada en la desigualdad. Hay tres tipos de hombres: Aleph sobre Beth, Beth sobre Ghimel y Ghimel sobre Aleph. Los babilonios están prisioneros en el laberinto de la lotería y aguardan el designio del azar. Este laberinto es grande y complejo, el número de sorteos infinito y el tiempo infinitamente subdivisible. El universo —o laberinto— puede representarse como una gigantesca lotería, caos canalizado en azar como regente de la vida.


“La biblioteca de Babel”

En esta parábola sobre el universo o biblioteca o laberinto se alude a la distribución de las galerías de una biblioteca, se habla de cómo se puede vivir allí pues deambular por la biblioteca equivale a vivir buscando las respuestas a las cuestiones básicas del ser humano.

También se esperó entonces la aclaración de los misterios básicos de la humanidad: el origen de la Biblioteca y del tiempo. Es verosímil que esos graves misterios puedan explicarse en palabras: si no basta el lenguaje de los filósofos, la multiforme Biblioteca habrá producido el idioma inaudito que se requiere y los vocabularios y gramáticas de ese idioma. Hace ya cuatro siglos que los hombres fatigan los hexágonos... Hay buscadores oficiales, inquisidores. Yo los he visto en el desempeño de su función: llegan siempre rendidos; hablan de una escalera sin peldaños que casi los mató; hablan de galerías y de escaleras con el bibliotecario; alguna vez, toman el libro más cercano y lo hojean, en busca de palabras infames. Visiblemente, nadie espera descubrir nada.

No existen dos libros idénticos en la biblioteca pero se subraya la repetición infinita de arquitecturas geométricas. Es un inefable universo que simboliza la realidad. Borges recurre a la enumeración caótica. El universo es lo desconocido que todo el mundo desea conocer, la biblioteca es un orden algo más conocido y se presenta como la metáfora de aquél. La biblioteca es infinita y eterna, por tanto sin punto de referencia, sin centro de gravedad a partir del cual se pueda organizar un orden.

No hay línea recta, no se va jamás de un punto a otro, no se parte jamás de un lugar para ir a otro, no hay punto de partida ni se puede dar comienzo a la marcha. Antes de empezar, ya se está volviendo a empezar, se vuelve antes de partir. Tal es el secreto del infinito malo, del que hablaba Hegel y que corresponde a la mala eternidad.21

Borges escribe este cuento a sus cuarenta años aunque existe un antecedente en un ensayo titulado “La Biblioteca Total”, publicado en Sur en 1939. Desde 1937 trabajaba en la biblioteca municipal Miguel Cané. El barrio en que se encontraba esta biblioteca era monótono y triste. El lugar era también triste y el trabajo brillaba por su ausencia. En este cuento aparecen muchas alusiones a este lugar: anaqueles, gabinetes, la monotonía, tristeza, la sordidez... En una visita que hacen Borges y E. Rodríguez Monegal a la Biblioteca Nacional, este último comprueba que ésta no es exactamente un espacio real sino un laberinto hecho de palabras, signos y símbolos. Y Borges juega con él llevándole por los corredores, la escalera de caracol y la oscuridad, elementos todos ellos que crean angustia. Aunque al final del corredor se ve la luz.

Desde el principio se nos dice que la Biblioteca es una metáfora del Universo, lo que nos permite saber desde el primer momento que no encontraremos la cifra exacta o el libro que la revele. Borges nos propone la visión del universo como caos que los hombres percibimos pero en el cual ansiamos encontrar algún punto de referencia, una señal, un centro de gravedad, una clave que nos permita entender, averiguar, saber, llegar a descifrar alguno de los misterios de la existencia. Pero no. Los hombres están en la biblioteca (o laberinto) porque están vivos y es la única forma de estarlo, por lo tanto, sólo muriendo puede salir uno del laberinto (o biblioteca). Al final del relato, el bibliotecario aventura una suposición:

La Biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza.

Dicho de otra forma, no hay nada nuevo bajo el sol; cualquier suceso que tenga lugar en las vidas individuales ha sucedido antes. Los volúmenes se repiten en el mismo desorden. El tiempo es circular y, en él, todo va repitiéndose cíclicamente. La repetición del desorden constituirá el orden y esto tal vez justifica el caótico universo. Como en todo laberinto, también en éste se destruye la individualidad porque la repetición anula las diferencias. Uno es o puede ser cualquiera de los demás.

La Biblioteca de Babel es el arquetipo del laberinto, pero también de la sabiduría y del universo y, al mismo tiempo, una gran parodia del universo.22

Parodia de un mundo sin sentido. Y, teniendo en cuenta que Borges era un gran lector donde los haya, su universo estaba formado esencialmente por libros. Dicho de otra manera, para él, el mundo de los libros era su universo. Ya nos dice en su ensayo “La ceguera”:

Yo siempre me había imaginado el Paraíso bajo la especie de una biblioteca.

Nos muestra un mundo geométrico e incomunicado. La soledad.

A veces he viajado muchas noches por corredores y escaleras pulidas sin hallar un solo bibliotecario.


No me parece inverosímil que en algún anaquel del universo haya un libro total; ruego a los dioses ignorados que un hombre —¡uno solo, aunque sea, hace miles de años!— lo haya examinado y leído. Si el honor y la sabiduría y la felicidad no son para mí, que sean para otros. Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno. Que yo sea ultrajado y aniquilado, pero que en un instante, en un ser, Tu enorme Biblioteca se justifique.

Opina Guido Castillo que Borges está hablando de sí mismo y que ese “libro total” es el mismo que, en clave, está escrito en la piel del tigre de “La escritura del dios”. Es también una pregunta sobre el valor de la literatura, o el valor de su vida, en suma.23

Dentro de la biblioteca el hombre está perdido como lo estaría en un laberinto. Para Alazraki, el orden o desorden

Se organiza a manera de laberinto que Borges describe diseñando una estructura de caja china que sugiere lo infinito.24

La búsqueda de un libro determinado es aquí asimilable a la búsqueda de Dios o del infinito. Como la mayoría de los hombres Borges anhela su existencia, aunque la carencia de fe sea una especie de condena.


“El jardín de senderos que se bifurcan”

Cuento de estructura circular cerrada en el que se reproducen situaciones distintas partiendo de una determinada. Aparece aquí el tema metafísico del encuentro del hombre con el pasado. Todos los personajes coinciden y se bifurcan, convergiendo, a su vez, con otros. Cada desenlace que tiene lugar es punto de partida de nuevas bifurcaciones. Alguna vez, los senderos de este laberinto convergen. No hay tiempo sino que hay tiempos diversos simultáneos.

En este cuento aparecen, en un mínimo espacio, el mayor número de temas borgeanos. Podemos considerar que la estructura del cuento es policíaca, se dan algunos elementos para que el lector siga el cuento y el autor se reserva la sorpresa final.

La trama es compleja, como siempre: durante la primera guerra mundial, un chino llamado Yu Tsun, catedrático de inglés, residente en Inglaterra, trabaja como espía para los alemanes. Su compañero Viktor Runeberg ha sido detenido por el capitán inglés Richard Madden. En la hora que le lleva de ventaja al capitán inglés, Yu Tsun intenta hacer dos cosas: comunicar a Berlín el nombre del parque inglés de artillería que amenazaba la posición alemana y redimir, mediante un acto de valor, el honor de sus antepasados. Para conseguir el primer propósito, mata a Stephen Albert, cuyo apellido es igual al nombre del parque de artillería que debe comunicar. Al final de sus memorias Yu Tsun deja escrita una frase, al jefe alemán y al lector, que demuestra su tristeza.

Entre el principio y el final, encontramos un intrincado laberinto de tiempo que le concede a Albert la gloria de haberlo descifrado y a Yu Tsun el consuelo de la temporalidad en la que ya no será el asesino del inglés. Yu Tsun desciende de Ts’ui Pên, que fue inventor de un laberinto. En el momento en que se bifurcan los senderos, se bifurca la narración.

Según Ion Agheana, la victoria principal del protagonista no es la victoria militar de Alemania sino la que debe lograr sobre sí mismo, la que le otorgará la redención del honor ancestral, la vindicación del honor ancestral de su raza.25

Yu Tsun va a matar a Albert y para ello toma el tren hasta Ashgrove, en cuyo apeadero un niño le pregunta si él se dirige a casa del doctor Stephen Albert y, sin aguardar respuesta, le aclara:

La casa queda lejos de aquí, pero usted no se perderá si toma ese camino a la izquierda y en cada encrucijada del camino dobla a la izquierda.

Entendemos que el camino es un laberinto con pasillos y encrucijadas regidos por un determinado código. Ello hace que su memoria se estimule:

Algo entiendo de laberintos; no en vano soy bisnieto de aquel Ts’ui Pên, que fue gobernador de Yunnan y que renunció al poder temporal para escribir una novela (...) y para edificar un laberinto en el que se perdieran todos los hombres.

Y se le ocurre que el laberinto es el universo porque es infinito y eterno.

Bajo los árboles ingleses medité en ese laberinto perdido: lo imaginé inviolado y perfecto en la cumbre secreta de una montaña, lo imaginé borrado por arrozales o debajo del agua, lo imaginé infinito, no ya de quioscos ochavados y de sendas que vuelven, sino de ríos y provincias y reinos... Pensé en un laberinto de laberintos, en un sinuoso laberinto creciente que abarcara el pasado y el porvenir y que implicara de algún modo los astros.

Es decir, la idea es un universo múltiple con la posibilidad de que se realicen todas las opciones al mismo tiempo, saliendo, de cada acto o instante, distintas posibilidades divergentes, convergentes o paralelas. Lo interesante es que Albert conoce todo lo que va a ocurrir porque el antepasado de Yu Tsun murió a manos de un asesino como él mismo está a punto de hacerlo, y el relato que leemos, las memorias del asesino, equivale a una de las cartas que Ts’ui Pên que obra en poder de Stephen Albert. Yu Tsun entra en el laberinto chino de Ts’ui Pên cuando se dirige desde el apeadero hasta la casa de Albert. Según Agheana, Albert llega a la conclusión de que la novela que se retiró a escribir Ts’ui Pên no era una novela sino un laberinto. En la carta que Albert posee está escrito:

Dejo a los varios porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se bifurcan.

Y dice Albert:

No conjeturé otro procedimiento que el de un volumen cíclico, circular. Un volumen cuya última página fuera idéntica a la primera, con posibilidad de continuar indefinidamente.

Ion Agheana cree que éste es un concepto muy borgeano ya que “a Hermes Trismegisto se le atribuye un libro en cuyas páginas estaban escritas todas las cosas”.

Y dice Albert:

En todas las ficciones, cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas opta por una y elimina las otras; en la del casi inextricable Ts’ui Pên opta —simultáneamente— por todas. Crea, así, diversos porvenires, diversos tiempos, que también proliferan y se bifurcan.

Albert hace lo mismo porque cuando se refiere al pasado habla de “pasados”. El tiempo son tiempos que corren de forma distinta. Finaliza Agheana diciendo que “el crimen de Yu Tsun es real, imperdonable; de ahí su inconsolable tristeza. De ahí que comprenda que al matar a Stephen Albert se mata a sí mismo; que su identidad con la víctima ha sellado un mismo destino final; que destruye al único descifrador del laberinto —de la novela— construido por su antepasado Ts’ui Pên. Yu Tsun tiene con Albert una deuda afectiva y cultural inconmensurable”.

Todos los personajes coinciden pero se bifurcan a su vez convergiendo con otros. En esta danza geométrica y laberíntica se pone en entredicho el destino del hombre y de la historia. Puesto que, lo que sucede, ¿ha sucedido ya? El infinito, ¿es una pesadilla? ¿Existe un sentido en la repetición?
Fuente: http://www.letralia.com/231/ensayo02.htm


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Borges por Ariel Búmbalo

Por Ariel Búmbalo

Pese a la timidez que en sus comienzos lo paralizaba, Borges llegó a convertirse en algo así como la estrella de la cultura argentina. Y pese a que sus textos habitualmente no son para las mayorías, es probablemente el escritor argentino que ha disfrutado de la mayor popularidad, aunque esto no signifique al mismo tiempo que sea el más leído. La conmemoración de los cien años de su nacimiento, ha desatado en Argentina y en el resto del mundo una corriente de artículos, ensayos, discursos y toda clase de escritos en honor al gran maestro. La nota que sigue no hace más que agregarse a esa caudalosa corriente, revelando de paso el pobre ingenio de quien la escribe. Si algún mérito se le puede reconocer, es el de intentar un repaso por algunas de las zonas menos transitadas del enorme Jorge Luis Borges.

Borges y los medios


La de Borges debe haber sido una de las muertes más sentidas por los periodistas de todas las especies. Mientras vivía, casi no pasaba semana sin que el viejo hiciera alguna declaración motivo de risas o polémica. Los periodistas, en especial los argentinos, se mantenían en estado de alerta. Todos querían hacerle una entrevista y sonsacarle alguna frase digna de un titular o de un almanaque. Leyendo y comparando varios de esos reportajes, uno tiene la sensación de que deben haber sido los más fáciles y amenos de la historia del periodismo. Borges siempre visitaba más o menos los mismos temas y tenía preparada una colección de "citas borgeanas", agradables por igual a los oídos de los entrevistadores y a los ojos de los lectores de las entrevistas a Borges. Entre los temas, siempre recordaba que había tenido ancestros militares, que prefería la milonga al tango, que aprendió el inglés desde la cuna, que hubiera escrito más de no haber pensado tanto en mujeres, que a causa de la ceguera había ido perdiendo los colores con excepción del amarillo. Y entre sus frases predilectas, nunca dejaba de señalar que había cometido el peor de los pecados, solía reafirmar que los peronistas eran incorregibles y decir con desdén que el surrealismo era un invento de los franceses para escandalizar o que el psicoanálisis es una rama de la literatura fantástica o que los argentinos somos venales.


El Borges oral mereció numerosas páginas de diarios y revistas y espacios en TV y radio. Una de sus últimas declaraciones polémicas fue la que realizó en tiempos de la guerra de Malvinas. Algún periodista le preguntó qué solución le veía al conflicto, pregunta a la que Borges respondió, con la media voz gastada y balbuceante que le quedaba, que quizás lo mejor era darle las islas a un país que no tuviera salida al mar, como Bolivia.


Borges historietista


El mítico diario "Crítica" de Natalio Botana, por el que pasaron Arlt, Nicolás Olivari, los hermanos Tuñón y otros héroes del periodismo y la literatura nacional, también albergó entre su planta de empleados a Jorge Luis Borges. Entre agosto de 1933 y octubre de 1934, el diario publicó a modo de suplemento literario la "Revista Multicolor", cuya dirección le fue encargada a Ulises Petit de Murat y Jorge Luis Borges. Esa revista, que tuvo una breve vida, ha sido fuente de numerosos descubrimientos en los últimos años. Y el toque Borges se percibe en todo, desde los temas abordados hasta la selección de autores. Allí aparecieron por primera vez, además, los relatos que luego formaron parte de la "Historia Universal de la Infamia". Pero la sorpresa mayor es la historieta "Peloponeso y Jazmín", cuyos textos revelan siempre la participación directa de Borges.

Se trata de una adaptación de "Alley Oop", una historieta de Vicent Hamlin. El argumento relata la historia de un hombre prehistórico que toma como mascota a un dinosaurio y lo amaestra, aunque a la larga es el animal quien termina adoptando a su patrón. Borges, y acaso Petit de Murat, la rebautizan "Peloponeso y Jazmín" (hombre y dinosaurio) y la recrean con la libertad suficiente como para convertirla en parodia de muchos asuntos habitualmente solemnes y en especial de los ambientes intelectuales y literarios de comienzos de los años 30.


Biorges



Las colaboraciones entre Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares comenzaron casi al mismo tiempo que su amistad. Ambos se conocieron en un almuerzo en casa de Victoria Ocampo hacia 1932. En 1935 la empresa de lácteos La Martona, que pertenecía a la familia de Bioy, le encargó a éste un texto publicitario que encomiara las virtudes del yogur. "Me facilitaron –cuenta Bioy en algún reportaje– una copiosa bibliografía en la que se aseguraba que esa cuajada correspondía a la tradición búlgara y que su sostenido consumo prolongaba la vida de las personas, y se citaban los casos de búlgaros que por consumir yogurt habían sobrepasado los 150 años. Con Borges lo tomamos, claro está, como un hecho literario; corregimos, aumentamos y exageramos la bibliografía, a punto tal que aquella gente se escandalizó. Inventamos el caso de una familia búlgara cuya hija menor superaba los 90 años..."

Los resultados de la colaboración entre Borges y Bioy fueron extraordinariamente pródigos. Juntos realizaron varias antologías de poesía y de relatos, crearon la revista "Destiempo", dirigieron los comienzos de la legendaria colección de novela policial "El séptimo círculo" y hasta escribieron juntos varios guiones cinematográficos. Pero el fruto más notable de esa colaboración fue el nacimiento de otro escritor bautizado con el pomposo nombre de Honorio Bustos Domecq, a expensas de los apellidos de un bisabuelo de Borges (Bustos) y de un bisabuelo de Bioy (Domecq). Este tercer autor, escribe tan barrocamente como su nombre lo anuncia, y parodia al mismo tiempo los relatos policiales de Chesterton y el habla de los argentinos. Honorio Bustos Domecq firmó dos libros memorables, capaces de provocar una carcajada por renglón: "Seis problemas para don Isidro Parodi" (1942) y "Crónicas de Bustos Domecq" (1967). Hay un tercer libro de relatos surgido de la colaboración entre Borges y Bioy que se llama "Un modelo para la muerte" (1946), pero esta vez el apócrifo autor no es Bustos Domecq sino Benito Suárez Lynch.


Borges y el Cine

Borges alcanzó a ver una buena cantidad de películas antes de quedarse definitivamente ciego. En el libro Discusión, de 1932, figura el artículo "Films" en el que se ejercita en la crítica cinematográfica. Con el pretexto de dar su opinión sobre algunas películas recientemente estrenadas, en tres páginas resume una buena cantidad de asuntos cinematográficos y deja entrever algo de su credo como espectador. Critica al expresionismo, al cine soviético posterior a Eisenstein (a quien admira); habla de las "espaldas cenitales" de la Garbo, de los franceses cuyo "mero y plano afán es el de no parecer norteamericanos", de la relación cine-literatura y (ya entonces) desliza una sutil crítica a la proliferación del cine norteamericano, a la que llama "regimen californiano continuo". Deplora a Cecil B. de Mille y escribe con admiración de Josef von Sternberg, del Chaplin de La Quimera del Oro, de Harry Langdon y Buster Keaton y del King Vidor de "Aleluya". En "Borges y el cine", un trabajo de Edgardo Cozarinsky, está explorada en profundidad esta relación, y se rescatan algunos otros tesoros, como la crítica que Borges realizó sobre "El Ciudadano" en 1941 y que figura en le Nº 83 de la revista Sur. "Me atrevo a sospechar –escribe Borges en el último párrafo– que ‘Citizen Kane’ perdurará como ‘perduran’ ciertos filmes de Griffith o de Pudovkin, cuyo valor histórico nadie niega, pero que nadie se resigna a rever. Adolece de gigantismo, de pedantería, de tedio. No es inteligente, es genial: en el sentido más nocturno y más alemán de esta mala palabra."

Pero Borges, no fue solamente espectador cinematográfico sino que se animó a participar como guionista en algunas experiencias fílmicas. Y lo hizo, por supuesto, en compañía de Bioy, su "chico maravilla". Al dúo se agregó otro mito argentino, el director Hugo Santiago. Y entre los tres realizaron dos obras notables, aunque casi secretas, del cine nacional: Invasión (1969) y Los otros (1974). Ambas, aunque recibieron importantes premios internacionales, fueron escasamente exhibidas en Argentina. Invasión, que aborda épicamente la resistencia contra la ocupación de Aquilea (una extraña Buenos Aires) por una civilización extraterrestre(?), representa nada menos que la incorporación de lo fantástico al cine nacional. Borges quedó satisfecho con esta película y con el trabajo en común con Bioy y Santiago. "Nos olvidamos que somos tres personas –declara en un reportaje que le hizo Fernando Sorrentino–, y pensamos con plena libertad. Nadie se siente ligeramente entristecido si una sugestión suya ha sido rechazada: nadie acepta, por cortesía o resignación, lo que dicen los otros. No: es como si fuéramos los tres una sola persona."


El cine abordó luego alguna que otra vez la obra de Borges, pero sin su intervención como guionista. Un caso vagamente ejemplar (utilizando las inflexiones irónicas del maestro) fue la versión fílmica del relato El Muerto, que filmó a mediados de los ‘70 Héctor Olivera y protagonizaron Thelma Biral y Juan José Camero.



Borges y los espejos


El tiempo, los laberintos y los espejos son las obsesiones capitales en la obra de Borges, y siempre aparecen en ella, ya ocultos o explícitos. Uno de sus relatos más perturbadores tiene que ver con espejos y es, al mismo tiempo, una rara confesión. El texto se llama "Los espejos velados" y figura en "El hacedor". Allí Borges declara su miedo hacia los espejos y, recordando la infancia, escribe: "Uno de mis insistidos ruegos a Dios y al ángel de mi guarda era el de no soñar con espejos". Y luego refiere una historia según la cual hacia 1927 conoció a Julia "una chica sombría" que "tenía los ojos alarmantes, el pelo renegrido y lacio, el cuerpo estricto". Después describe la familia de Julia, el caserón en que vivían y los paseos que daban juntos por Balvanera y los "desmontes del Parque Centenario". Y la historia termina con ese horror llegado de los espejos. "Entre nosotros –escribe– no hubo amor ni ficción de amor: yo adivinaba en ella un a intensidad que era del todo extraña a la erótica, y la temía. Es común referir a las mujeres, para intimar con ellas, rasgos verdaderos o apócrifos del pasado pueril; yo debí contarle alguna vez el de los espejos y dicté así, el 1928, una alucinación que iba a florecer el 1931. Ahora, acabo de saber que se ha enloquecido y que en su dormitorio los espejos están velados pues en ellos ve mi reflejo, usurpando el suyo, y tiembla y calla y dice que yo la persigo mágicamente."


Borges y el amor


El amor es otro de los temas recurrentes en Borges, pero más en su vida que en su obra. Y el sexo de Borges fue una subterránea preocupación nacional hasta un poco después de su muerte, cuando estalló y manchó con abundante tinta las portadas de diarios y revistas. A comienzos de los ‘90, el doctor Miguel Kohan Miller, que había sido el psicólogo de Borges del ‘44 al ‘47, hizo algunas revelaciones indiscretas sobre la vida afectiva de nuestro escritor mayor y desató una polémica que rivalizó con las crónicas sobre las andanzas decadentes de Maradona y los primeros escándalos de la corrupción menemista. De acuerdo con Kohan Miller, Borges había concurrido a su consultorio buscando un tratamiento contra la tartamudez. La raíz de esta dificultad, siempre según Miller, se hallaba en los difíciles comienzos sexuales de Georgie, a quien su padre, Jorge Guillermo, había querido iniciar presentándole a una amante suya. A estas declaraciones, se agregó el libro de Julio Woskoboinik "El secreto de Borges" que pretendió usufructuar el mismo tema.

Para los lectores atentos de la obra de Borges, su sensibilidad y la experiencia en cuanto al amor y el sexo quizás resulten suficientemente resueltas en algunos poemas memorables como "El amenazado" o en una de las "Tankas" que figuran en "El oro de los Tigres" que dice:

"Alto en la cumbre / Todo el jardín es luna / Luna de oro./ Más precioso es el roce / De tu boca de sombra."

El último delicado

La influencia de Borges en el pensamiento de los escritores y pensadores contemporáneos expresa la importancia y profundidad de su obra. Italo Calvino, Umberto Eco, Ray Bradbury, Thomas Bernhardt, Paul Auster, Michel Foucault y muchos otros escribieron sobre Borges. Sin embargo, tal vez uno de los testimonios más insólitos y significativos en cuanto a su importancia universal, sea el que se desprende de una carta enviada a Fernando Savater por Emil Cioran. En el último párrafo de esa carta, el filósofo rumano escribió: "Una vez más, no podemos sino deplorar que una sonrisa enciclopédica y una visión tan refinada como la suya susciten una aprobación general, con todo lo que ello implica... Pero, después de todo, Borges podría convertirse en el símbolo de una humanidad sin dogmas ni sistemas y, si existe una utopía a la cual yo me adheriría con gusto, sería aquella en la que todo el mundo lo imitaría a él, a uno de los espíritus menos graves que han existido, al ‘último delicado’..."
Fuente: http://www.alphalibros.com.ar/

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DE LA ESFERA MARAVILLOSA

Jorge Luis Borges en su obra literaria intuye, y cree como Shakespeare, que la mujer y el hombre son un sueño y que de ese ensoñar como un reflejo se desprende la vida, que es una obra de arte. Lucrecio hace varios siglos predicó que desde donde uno está, parte el universo. Porque el ser humano, siendo un punto de contacto entre dos mundos, el material y el espiritual, por lo mismo contiene a ambos mundos y es en sí principio y final, Infierno y Paraíso. Borges cita en su cuento El Simurgh y el Aguila a Plotino (Eneadas, V, 8.4.): "Todo, en el cielo inteligible; está en todas partes. Cualquier cosa es todas las cosas. El sol es todas las estrellas y cada estrella es todas las estrellas y el sol". En su relato La inmortalidad, dice: "Si el tiempo es infinito, en cualquier instante estamos en el centro del tiempo. Si el Universo es infinito, el Universo es una esfera cuya circunferencia está en todas partes y el centro en ninguna. ¿Por qué no decir que este momento tiene tras de sí un pasado infinito, un ayer infinito, y por qué no pensar que este pasado pasa también por este presente?. En cualquier momento estamos en el centro de una línea infinita, y en cualquier lugar del centro infinito estamos en el centro del espacio, ya que el espacio y el tiempo son infinitos".


La lucidez con que Borges exploró la incertidumbre de la vida humana enfrentada ante la eternidad, le merece un lugar propio junto a Homero y Milton, los otros dos sabios ilustres que, como él, también fueron ciegos. La perpleja búsqueda de la luz del viejo Borges concluyó el 14 de junio de 1986, días antes de cumplir 87 años, cuando develó en Ginebra la incógnita de la muerte. Se fue a la hora cuando aún no hay colores. Fue el mejor amigo de sus amigos y creía que -como Europa- algún día Latinoamérica será una patria común: "pues han de desaparecer definitivamente las fronteras". No se consideró muy importante, intuía que la gloria de un poeta depende de la excitación o la apatía de las generaciones de hombres anónimos que la ponen a prueba en la soledad de sus bibliotecas. Pensaba que las ideas no son eternas como el mármol, sino inmortales como el bosque o el río. Fue uno de los escritores más revolucionarios del siglo XX; se burló de las religiones imperantes y de casi todas las naciones, de la idea de patria y de Dios, y se rió a carcajadas del yo, a cuyo culto se dedicó este siglo. Para él, Judas fue el verdadero redentor, porque se hizo traidor solo para que el cielo pudiera cumplir su profecía. Dijo que el género humano se divide en románticos e imbéciles, y declaró conocer ambos lados. Lector infatigable, consideraba que nada más extraordinario le había ocurrido que los libros conocidos: "Que otros se jacten de las páginas que han escrito, a mi me enorgullecen las que he leído".

Empezó, como todos los artistas, siendo un genio. Luego se resignó a ser Borges. Esperó siempre la muerte, pero en verdad nunca estuvo en sus planes: "Tengo ochenta y siete años y nunca he muerto, por ende, no estoy acostumbrado a hacer algo que nunca he hecho". En los tiempos que vendrán, cuando alguien que aún no ha nacido se acerque al siglo XX a través de su obra literaria, lo hará sabiendo que toca a un mago mayor del arte ("Caramba -hubiera dicho-. ¿Le parece?. ¿Y si se dan cuenta que soy un impostor?").

Borges logró conjeturar, para rememorar su verbo favorito, la Biblioteca de Babel, donde, entre millones de otros libros, yace oculto el tomo infinito, eterno, el libro de arena que leyó y pudo describirnos; porque cada vez que leemos una página suya, esa página es otra, es siempre una nueva voz la que aparece. He aquí su magia: transformación en cada relectura.

Su obra es una forma de prisma, tal como era esa esfera de Pascal cuyo centro estaba en todas partes y su circunferencia en ninguna. Quizás por eso decidió morir en Ginebra, porque en Buenos Aires ya estaba del todo. Fue un hombre extremadamente cordial. Si alguien comenzaba a celebrar sus escritos; Borges lo interrumpía y trataba de convencer que no valían nada, porque consideraba que el éxito o el fracaso de sus textos poco importaba, era algo ajeno al autor mismo.

Tenía el encanto del buen humor. En cuanto se decidía a hablar le brotaban ingeniosas ocurrencias, ante notables o desconocidos. Mientras escribo esto lo recuerdo diciendo chistes en un Café de la Galería del Este, frente a su departamento en la calle Maipú de Buenos Aires, donde lo acompañé a veces. Al llegar, invariablemente alguien le preguntaba: "¿Cómo va su vista?". Y él respondía: "Muy mal, gracias". Cierto día, alguien que pasaba le gritó: "¡Adiós maestro!", él, volviéndose, dijo "Vaya, vaya, esta persona me debe haber confundido con algún director de orquesta".

Nunca se preocupaba por enterarse de quién era su auditorio, simplemente, a quien estuviera acompañándolo lo hacía sentirse cómodo, por eso se convirtió en un personaje tan popular y suele aparecer fotografiado con niños que venden diarios lo mismo que con deportistas y actrices de moda en su época, o del brazo de la persona que le traía el café. Que se sepa, sólo despreciaba a los políticos: "porque utilizan los sentimientos de las personas y manipulan". En el Café del Este le eran especialmente adictos los escritores jóvenes, y gente de teatro. Allí veía a Marilina Ross, que había terminado de filmar "La Raulito", bellísima, solía llevar una gran capa negra. En una época estaba en Buenos Aires Nuria Espert, la vimos haciendo "Yerma": estuvo una mañana a ver a Borges y tuve la suerte de acompañarlo a la función; a Borges le pareció fantástico oír decir a García Lorca desde lo alto, con los personajes descolgándose por una red colosal. Yo estaba enamorado de Soledad Silveyra y, privadamente, Borges me hacía bromas al respecto. En la vida real ella se llamaba María Inés.


La situación nos acongojaba y Borges compartía plenamente la historia: ella preparaba una canasta con comida y nos íbamos los tres varias horas a sentarnos en alguna orilla del río por las riberas de Buenos Aires. A él nunca dejaban de causarle gracia las experiencias humanas. Si alguna vez nos aconsejó, entonces, fue a ser discretos y a tomarlo todo con un gran sentido del humor. A María Inés, luego, no la vi nunca más en mi vida; pero, sé, que cada vez que escuche hablar de Borges también escuchará en la distancia el rumor de un gran amor que como todos los grandes amores tuvo que terminar un día... El departamento donde vivía entonces era minúsculo y formaba, en realidad, parte de todo un piso que estaba en la calle Lavalle, en un segundo piso, junto al cine Lavalle y con mi ventana justo enfrente del enorme letrero de neón del Select que llenaba mi habitación de luces de colores intermitentes; era un departamento de incontables habitaciones que una viuda y su hija, bailarina del teatro Colón, arrendaban por cuartos a jóvenes y estudiantes principalmente provenientes de Uruguay, de donde ellas venían. Entre quienes residían allí, vivía Estrella María, recién llegada de Montevideo para estudiar canto en el Conservatorio de Buenos Aires y que en el tiempo libre daba rienda suelta al único deseo de su corazón: ser cantante de tangos, que era lo que, en verdad, la había traído a la ciudad. Cierto día, amanecí mal de la garganta y le pedí llamar al viejo Borges excusándome de ir a buscarle, según habíamos convenido. Para mi tremenda sorpresa, a media mañana, Estrellita entró a mi habitación con Borges del brazo: había venido a dejarme unas naranjas que traía religiosamente en una bolsita de papel café; mandó a comprar pizza, él se sirvió té y Estrellita le cantó a "capella" los tangos que más amaba: Sur, El último café, Don Juan, Desencuentro (que a Borges causaba mucha gracia cuando dice eso de "qué desencuentro, si hasta Dios está llorando")... cuando ella, que comenzaba su carrera con muchos sacrificios, días después, trabajó en un lugar que había en calle Corrientes, el "Bambú", fuimos una noche a verla con Borges; era un cafetín y todos estaban encantados con la presencia ya mítica entonces del escritor.


Años después, cuando Estrellita debutó finalmente con Edmundo Rivero en el "Viejo Almacén", me escribió regocijada contándome que en primera fila ubicado estaba el escritor con un grupo de amigos, aunque, en verdad, no fuera asiduo a las tanguerías. Lo cierto es que todo el mundo llegó a identificarse con Borges: en Estados Unidos era ovacionado en cada una de sus charlas por los mismos estudiantes que en Harvard quemaban edificios y ultrajaban a los otros profesores durante los magnos eventos de los años sesentas. Los jóvenes terroristas se encantaron con él, con su personalidad impredecible. ¿Cómo explicar que los fanáticos se pusieran de pie para aplaudir a un hombre que representaba todo lo contrario de Marx, Mao o Mc-Luhan, que adoraban?. Si alguna vez se ha visto unida a la masa estudiantil de la Universidad de New York, fue cuando pidieron que se bautizara con el nombre de Borges su Biblioteca central. En verdad, desató fuertes pasiones. Los estructuralistas se le rendían. Como Borges había declarado que un poeta es un simple agente de la actividad del lenguaje, que en realidad un poema se hace solo pues es una estructura combinada por una tradición de palabras, y en la dedicatoria de su Obra Poética había escrito: "Si las páginas de este libro consienten algún verso feliz, perdóneme el lector la descortesía de haberlo usurpado yo, previamente. Nuestras nadas poco difieren; es trivial y fortuita la circunstancia de que seas tú el lector de estos ejercicios y yo su redactor".


Entonces, los estructuralistas se derretían. Para quienes creían en el budismo, Borges era budista; ¿no decía acaso que la persona se disuelve en un mundo sin tiempo?. Para los que caminan en el sendero del Tao, Borges era taoísta. "¿Hay allí al costado una luz? -solía preguntar-, ¿es una luz amarilla?". En su Elogio de la sombra escribió: "El proceso del tiempo es una trama de efectos y de causas, de suerte que pedir cualquier merced, por ínfima que sea, es pedir que se rompa un eslabón de esa trama de hierro, es pedir que ya se haya roto. Nadie merece tal milagro". Y era taoísta, no siendo al ser; ¿acaso no fue él quien popularizó aquel antiguo texto de Chuang-Tsze a propósito del hombre que sueña ser una mariposa y que, al despertar, no sabe si soñó ser una mariposa o si es ahora una mariposa que sueña ser un hombre?. Para quienes creían en Confucio o seguían el Zen u otras religiones orientales, Borges era otro gurú. Los del New Age lo aman. Para los aristócratas, pertenecía a su clase y era uno más de ellos (aunque Borges era un hombre pobre que ganaba lo justo para vivir).

Los comunistas también, en un momento, lo llegaron a saludar como uno de los suyos, y contaron con su firma para presionar intentando aclarar la suerte de los desaparecidos bajo regímenes totalitarios argentinos, además ¿acaso no corroía con sus ironías el orden burgués?. Algunos dictadores y gobiernos militares lo reverenciaron oficialmente, aunque él dijera que "los militares no son educados para pensar sino para obedecer". Cuando se le cuestionó en su país que hubiera ido a comer cierta vez con el general Raúl Videla, y luego en Chile que aceptara una medalla del general Augusto Pinochet, Borges respondió, en ambos casos, que había aceptado "para no quedar como un desatento: Por cortesía. Por supuesto que suponer que un gobierno de militares pueda ser eficaz, es tan absurdo como suponer que pueda ser eficaz un gobierno de buzos".

También los anarquistas estaban convencidos que Borges era uno de los suyos, debía serlo pues era un hombre al que agobiaba la soledad y que se decía perdido en un universo absurdo, una especie de minotauro desorientado en su propio laberinto. Para los freudianos era uno de ellos, ¿acaso no elaboraba como nadie los sueños?. Otro alto autor argentino, Ernesto Sábato, llega a dirigirse a él así: "A usted, heresiarca del arrabal porteño, latinista del lunfardo, suma de infinitos bibliotecarios hipostáticos, mezcla de Asia Menor y Palermo, de Chesterton y Carriego, de Kafka y Martín Fierro.

Maria Luisa Nombal y Jorge Luis Borges
A usted Borges, ante todo, lo veo como un gran poeta. Y luego: arbitrario, genial, tierno, relojero, débil, grande, triunfante, arriesgado, temeroso, fracasado, magnífico, infeliz, limitado, infantil, inmortal..." Quienes lo conocimos sabemos que el pueblo lo amó y en las calle le hablaban como se habla a un antiguo conocido; primero por su imagen de Quijote ciego amable con quien sea, actitud que terminó por convertirlo en una leyenda, y la leyenda es patrimonio de todos. Luego, ¿no dignificó, acaso, la milonga, los orilleros y el conventillo?. Para otros fue un idealista, un humanista, un iconoclasta, un mitómano o más verdad que nadie. Los judíos, halagados por su interés en la ciencia cabalística, exaltaban un remoto antepasado rabino en su árbol genealógico. Sin embargo, él mismo no podía formular lo que encerraba en su espíritu: era todos y ninguno al mismo tiempo. Había un Borges que escribía y otro que se dejaba escribir. Lo cierto es que si pudo soñar una letra mágica, la Aleph, imaginársela, es porque en sí mismo existía "un lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos".

Para excitar sus recuerdos de Beatriz Elena Viterbo, una mujer única, alta, frágil, deliciosa, muerta el 30 de abril de 1929, Borges visitaba todos los años, el día del triste aniversario, la casa donde ella vivió en compañía de su padre y de su primo hermano, Carlos Argentino Daneri. Es una costumbre que perdura hasta 1943, en que, demolida la casa con profundo pesar de Carlos Argentino (dolor aliviado seguramente por la obtención del segundo Premio Nacional de Literatura), el amigo evocador de Beatriz teme no poder librarse en lo sucesivo de la angustiosa obsesión de acudir siempre, con inútil afán, al lugar en donde estuvo el inmueble, sobre todo porque allí fue donde conoció la aleph. Pero la resignación y el olvido realizaron su obra corrosiva y la tranquilidad hubo de volver a su espíritu, no obstante que eran tardes, aquellas de sus 30 de abril conmemorativos, plenas de íntimas sensaciones y de retratos: Beatriz con antifaz en un carnaval, Beatriz el día de su boda con Alberto Alessandri, Beatriz en una cena en el Club Hípico, Beatriz poco después de su divorcio...Carlos Argentino Daneri, "rosado, considerable, canoso, de labios finos", era, en rigor, un espíritu trivial, aunque apasionado; gesticulaba mucho y hacía versos, teniendo entre sus trabajos poéticos asuntos de gran envergadura, como aquel poema que titulaba La Tierra, en que describía el planeta embutiendo en el texto frecuentísimas muestras de su extensa cultura, "prestigiando" a la par su inspiración épico-lírica y el sentido universal de su obra: "Tal vez estaba loco", llegó a creer el fiel amigo de Beatriz, por un cierto 30 de abril, en que Carlos Argentino lo dejó encerrado en el oscuro sótano de la casa y en una postura incómoda, para que observase cierta rara maravilla.


 Cuando Argentino cerró la trampa, Borges -sumido en las tinieblas- pensó, súbitamente aterrado, que acaso el poeta tenía el propósito de dejarle morir en aquel subterráneo, para lo cual, antes de bajarlo, lo había preparado razonablemente, narcotizándolo con una copa de coñac del país. Pero pronto se tranquilizó, al ver, en efecto, y tal como se lo describía Carlos, el prodigio: era una pequeña esfera de dos o tres centímetros, tornasolada, de increíble luminosidad, llena de espectáculos vertiginosos, continente de todo el espacio cósmico, en la que cada cosa podía verse desde todos los puntos del universo. Borges vio allí la poética unidad de cuanto en el mundo existe: el mar, el alba, la tarde, las muchachas de América; Londres en forma de laberinto roto, las baldosas de un patio remoto en su memoria, vapor de agua, un campo de magueyes, convexos desiertos, una mujer inolvidable, un poniente en Querétaro, tigres, sombras oblicuas, espejos, una playa del mar Caspio, cartas obscenas que Beatriz había escrito a Carlos Argentino, dos lobos amándose en un amanecer, la circulación de su propia sangre; en fin, en la esfera vio al inconcebible universo.

Cuando el espectador de tan pasmosa magia acierta a levantarse, oye a Argentino que bromeaba ubicado en el punto mas alto del subterráneo, y le preguntaba si hubo visto bien todo, en colores: "Si", responde Borges; dice que estaba realmente formidable todo y le agradece la hospitalidad de su subterráneo. Pero le aconseja que aproveche que van a demoler la casa para alejarse de la gran urbe y marcharse al campo, "ya que todos dicen que el campo rehace la salud".

Respecto a la esfera maravillosa, se negó en absoluto a discutir. La Aleph es la primera letra del alfabeto hebreo: no puede ser articulada pero es la raíz, el principio, de todo lo articulado. Incluye a todas las otras letras. Suma toda posible comunicación humana, toda expresión del universo, es la vida misma. Los cabalistas dicen que encierra en su forma todo lo que se ve y todo lo que no se ve. Es tan poderosa su fuerza que cuando Dios entrega los Mandamientos, la aleph de Anokhi, "yo", la concluye demasiado abrumadora para el pueblo, y debe Moisés, por la inspiración divina, dictar los preceptos en una estructuración humana del lenguaje de Dios.


De lo que deducen que las letras no sólo sirven como medio de comunicación sino que también son energía pura, cuya mayor intensidad se da, por lo tanto, en la aleph. En el Zohar o Libro del Esplendor, un tratado de filosofía cabalística de autor desconocido que se cree fue escrito entre el siglo III y el IV de nuestra era, se lee que las letras que responden a la forma gráfica de la aleph se refieren a los elementos fuego, agua y aire. En la misma introducción de esta obra, a la cual los místicos otorgan calidad de sagrada, se narra una lucha entre todas las letras para obtener el honor de ser la primera letra; finalmente ocupa este sitio la aleph, pues esta encierra "el secreto de arriba y de abajo y todos los misterios de la fe dependen de ella. Por eso es su valor uno. Y todo es aleph. Mientras esta letra flotaba por los aires, mil cien mundos se dividieron para ser contenidos en ella. Y las otras letras fueron modeladas a partir de ella y ella se coronó con una corona formada por todos los mundos".

Alguna vez pregunté a Borges por el diseño gráfico con que él ubicaría una aleph y dijo que esta letra tenía la forma de un hombre suspendido en el aire, con sus brazos extendidos: uno apuntando a las estrellas y el otro a la Tierra. El solía comentar que su cuento El Aleph era "nada más que una historia de amor, escrita como excusa para nombrar a Beatriz Elena Viterbo", una mujer que realmente existió en su vida y a la que él amó sin esperanza: "Tuve que escribir de ella para matar su recuerdo. O su recuerdo me iba a matar a mi". En efecto, quien lee el cuento, la primera información que recibe es la de la muerte de Beatriz, circunstancia que se transmuta en una senda de conocimiento que va del amor quebrado a una revelación superior; de la angustiosa soledad en que Borges queda luego de ser rechazado florece un aprendizaje espiritual: "Su desprecio me hirió de un modo intenso y profundo, pero ciertamente efímero: no podemos seguir amando a una persona que evidentemente no nos ama.


 A lo más es posible llegar a admirarla sobre la base de que esa mujer no nos ama porque uno se da cuenta de que no es digno de ser amado, pero seguirla amando sería una forma de suicidio. Yo creo que desde el momento en que una mujer deseada nos ha rechazado, en adelante empieza a producirse en la vida un fenómeno que es muy doloroso, pero que va borrando la herida y también el sentimiento; y uno debe tratar de pensar que efectivamente están borrándose". Esto es, el vacío que la ausencia de ella deja en Borges, no hace sino confirmar un sin sentido más amplio: el mundo ahora es un espectro, una serie de sustituciones y parodias pues para él todo había perdido significado, todo en su vida comienza a flaquear, incluyendo su memoria, que le flaquea hasta el punto de que va olvidando los rasgos de Beatriz Elena Viterbo...

Entre lo que aprendió Borges curioseando en la esfera maravillosa conoció a un "gólem". De acuerdo a los libros antiguos, el vocablo "gólem" (que acentuamos para dar énfasis a la pronunciación, aunque la grafía más antigua no lleva acento pintado), voz que nos llega especialmente por el folklore judío, significa algo amorfo, una sustancia indeterminada, en estado de embrión. El gólem más popular de nuestra época es Frankenstein, que se nos hizo familiar a partir del cine, que recrea, primero, la novela famosa de Mary Shelley, y luego nos entrega una larga lista de variaciones que, hasta ahora, se hacen del tema. Frankenstein es la historia de un cuerpo hecho a partir de restos de otros cuerpos, mas fluido eléctrico; y plantea un problema de enorme significación ética.


Porque si para los textos religiosos que narran el origen del hombre, el Hacedor puede ser Dios o varios dioses, ahora el que hace es un hombre dotado de determinada inteligencia, con ciertas cualidades en general más inclinadas al campo de la ciencia. Es de enorme significación que ahora el Hacedor sea un hombre y no un dios. Esto, pensando que la creación de vida es o debiera ser privilegio de Dios, considerándose, hasta ahora, un acto de soberbia pretender crear la vida recurriendo a medios artificiosos. Hoy, el gólem puede emparentarse con la figura de un robot cibernético, o con la memoria que despertamos cada vez que encendemos el computador. En que los conceptos de imagen y semejanza no comprenden necesariamente similitudes externas, de fisonomía: muchas veces incluyen únicamente igualdad de facultades. Es así que la mayoría de los gólems cibernéticos carece de un aspecto físico similar a nosotros, que los creamos. En nuestros computadores reproducimos, aumentadas en potencia, ciertas facultades humanas, como, además de la memoria, nuestra capacidad combinatoria de la mente, pero raramente se ha ensayado a la máquina con forma de hombre. Más bien se intenta cada vez más la miniaturización para, francamente, un día hacer mejor nuestro cuerpo, más perfecto, a partir de adaptar la máquina a nosotros, no adaptarnos nosotros a la máquina, a lo que seguramente llevaría el camino contrario.

Sin embargo, gólems con nuestra forma humana se han hecho a manera experimental, con fines específicos, en que se da énfasis a la perfección de sus brazos, por ejemplo, si se quiere para explotarlos manualmente. Por supuesto que la vida artificial, en el momento en que se encuentra la ciencia, está en un punto de encuentro entre la cibernética y la biología.

Autores contemporáneos llegan a hablar de nuevas especies que existen dentro de las computadoras y cuyo ADN es digital. En todo caso, la posibilidad cierta de la ciencia hoy día hace posible la realidad del gólem, más allá de las leyendas que han rodeado desde antes al vocablo.

Sólo digamos que si Adán, el primer hombre de la tradición hebrea, fue constituido de barro y un soplo por Dios, en nuestra América, entre los mayas los dioses crearon a los primeros seres humanos con lodo, y luego con madera, pero no quedan satisfechos, y deciden aplicar lo que había en cantidad: el maíz. Así, finalmente amasados con maíz, la sustancia primordial del universo en las culturas mesoamericanas, sólo entonces los gólems cobran vida. En Chile, de acuerdo a nuestra tradición del Sur, Llituche es la pareja a la que se atribuye el origen de la humanidad. Llituche significa "gente que comenzó". El mito dice que comenzamos de un compuesto basado en las propiedades de unas doce hierbas medicinales, imposibles de identificar actualmente por no haberse conservado el nombre vulgar de las mismas.


 Sin embargo, en recuerdo de entonces, quedó viviendo entre nosotros un Espíritu benefactor, el Ngumalillahuen, que protege la vida de las personas sin que se lo llame, encarnado en las numerosas hierbas medicinales. Son gólems hechos a imagen y semejanza de nuestros sueños. En la novela Der Golem de Gustav Meyrink que menciona Borges, el gólem es vivificado por invocaciones divinas. Horacio Quiroga en El hombre artificial crea su gólem animado por la energía que produce el sufrimiento de indigentes que son torturados. La relación entre el creador y su criatura también ha obedecido a diversas perspectivas, determinadas por el éxito o fracaso de los fines perseguidos por el hacedor al fabricar la obra. Generalmente el gólem se rebela contra el que le infundió vida. En Las ruinas circulares, para Borges el creador es un hombre dotado de ciertos poderes: un mago; la materia del gólem es "aquella incoherente y vertiginosa de que se componen los sueños", animada por invocaciones divinas y el fuego. La invocación como motivo frecuente en la obra de Borges, canta a la omnipotencia de las palabras, que no son símbolos arbitrarios sino parte vital de lo que definen.


En su poema propiamente llamado El Gólem, en el primer cuarteto Borges remite a uno de los diálogos de Platón, el Cratilo, en el cual se discute si el vínculo que existe entre las palabras y las cosas es arbitrario o motivado. Afirmando una de las respuestas posibles, la de que "el nombre es arquetipo de la cosa", infiere que debe haber un significado verbal que cifre la omnipotencia del Hacedor: el rabino Judá León, el héroe del poema, se dedica a buscar esa misteriosa palabra mediante el procedimiento de realizar distintas combinaciones de letras, hasta que da con el nombre secreto de Dios y lo pronuncia frente a un muñeco que él mismo había fabricado de un modo precario. Tanto en el poema, escrito en 1958, como en el cuento escrito 18 años antes, Borges sienta ciertas pautas: la creación de un ser artificial por un hombre magnífico, la invocación mágica para animarle, el carácter irreal del gólem y la certeza de haber creado a un ser inferior. Quien habla en el poema se refiere al gólem como a un simulacro, algo no originario, lo que se manifiesta como copia deficiente, un remedo, una inútil e imperfecta repetición; en latín, simulacro significa representación figurada, imagen, copia; pero además quiere decir fantasma, espectro, sombra; en el cuento, el mago teme que su "hijo" descubra "su condición de mero simulacro". En el poema, el gólem imita a su dios, que es el rabino, ejecutando "idénticos ritos".


La "salida borgeana" la constituye la idea de que el creador es de la misma condición que la criatura. En el cuento, al fin el Hacedor es también un gólem, un ser imperfecto como su creación; pagando en las últimas líneas la vanidad de creerse otro siendo el mismo: "No ser un hombre, ser la proyección del sueño de otro hombre ¡qué humillación incomparable, qué vértigo!...Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo". En el poema, mientras el rabino Judá León contempla a su gólem "con ternura y con algún horror", y se lamenta de haber creado a un hijo deficiente, Dios lo observa, y piensa lo mismo sobre su propia creación. Para algunos, el hombre es un gólem de Dios, para otros, como Nietszche, Dios es un gólem de los hombres. Preguntar a Borges con cuál de estas dos posturas está de acuerdo no procede, no es pertinente, porque, para él la filosofía es una rama de la literatura fantástica.

A Borges lo conocí en la calle, precisamente en la Galería del Este que cruza desde Florida hasta Maipú, donde él tenía su hogar. Hacía pocos días que yo había llegado a vivir en Buenos Aires para estudiar en el Conservatorio de Arte, tenía diecinueve años, era abril de 1973 y no conocía a nadie. No lo sabía entonces, no podía saberlo, pero viví cuatro años en Buenos Aires, y fue un tiempo en que me hice, sin duda, mejor. De las calles del centro de Buenos Aires emana un perfume como el sándalo, y brotan edificios elevados entre cúpulas y altillos, con patios donde crecen jazmineros, y con su río a la derecha. Babilonia a la hora del crepúsculo de la tarde con música de Piazzola, el Tigre cercano, Nazareno Cruz y el lobo, los boliches, Evita sonriendo desde un afiche en las calles.


Perón e Isabelita. La pura efervescencia. Eso era Buenos Aires. Una tarde, en el Café del Este, me pareció ver un rostro conocido: era una mujer que sobresalía en el grupo de personas que cruzaba los pasadizos que conforman el sitio, franqueado por murallas de tiendas iluminadas, en la puerta de una de las cuales ella se había detenido. Fui en esa dirección, llevado quizás, ahora pienso, por el Hacedor de caminos; en todo caso ni remotamente me podía imaginar que ella era María Luisa Bombal, que los chilenos leemos desde niños. Entraba en su vejez, el pelo bien negro cortado a lo paje, con más energía de la que ella misma creía; traía del brazo a un hombre ciego que guiaba con prontitud. Al pasar a su lado, ella, notándome, con un leve ademán, ordenó que me acercara:

-Ven y quédate con Georgie mientras entro y compro algo. Vuelvo de inmediato -dijo ella-. Y, sin más, puso el brazo del hombre ciego apoyado en mi propio brazo, desapareciendo por la puerta de una tienda. Casi de inmediato, el anciano ciego ordenó que ocupáramos una mesa propiamente tal en el café, y así lo hicimos. Debo decir que entonces no supe que el amabilísimo hombre ciego era Jorge Luis Borges, de quien no había leído nada. Sólo lo recuerdo como a una persona esencialmente cálida y bien predispuesto, de buen humor. Al igual que lo era ella, quien no tardó demasiado, integrándose en la mesa al instante. No recuerdo en absoluto de lo que se habló. Seguramente sólo me limitaba a escucharlos. Sin embargo, me parece haber dicho algo que les causó gracia porque los recuerdo riendo; en todo caso la situación fue de lo más natural. Luego, simplemente, nos paramos, me despedí diciendo algo cordial, ella tomó al hombre cegado de la mano, que a todo asentía, y siguieron caminando. Borges, era obvio, se notaba encantado en presencia de María Luisa Bombal, a quien sólo volví a ver varios años después, cuando fuimos vecinos en la calle Merced de Santiago.

El maestro Borges me aceptó sin más por el solo hecho de haber mediado, fortuitamente, María Luisa. El caso es que, uno o dos días después, vi nuevamente a Borges: estaba despidiéndose de alguien que lo había ayudado a cruzar la calle hasta la entrada misma de la galería del Este por Maipú, luego comenzó a andar, solo, atravesé rápidamente y me acerqué. Al saludarlo retuvo mi mano entre las suyas unos instantes, que era uno de sus gestos característicos cuando saludaba a alguien, luego lo acompañé a comprar algo, para de regreso pasar al Café del Este donde conversamos mucho rato. Luego lo dejé en su hogar, lo que ocurriría no pocas veces durante los años que viví en Buenos Aires. Borges me hizo, sin duda, más civilizado. A mi abuelo, que también fue quedando ciego como un lento atardecer de verano, de niño solía leer para él, a viva voz, pasajes de la Biblia que me indicaba cada día. Y con Borges igual así se hizo costumbre, naturalmente, desde un comienzo.

A veces ni siquiera me imaginaba cómo se debía pronunciar una palabra, pero su infinita paciencia suplía mis deficiencias. Pienso haber hecho como aprendí a leer para un teatro de títeres que administraba mi hermano: le contaba lo que leía, sin cambiar una palabra, sólo acentuando las situaciones que narraba utilizando los sonidos normales de la voz. Algunos textos que me pedía leer, ya se los sabía de memoria, y a ratos acompañaba mi lectura con un leve susurro que ahondaba el sonido. Su madre estaba viva, era una lúcida anciana, de ojos verdes tan claros que parecían transparentes. Le encantaba que la visitaran y la frecuentaban no pocas personas. Doña Leonor no tenía el menor reparo en recibir en sus habitaciones si estaba recostada, y vivía absolutamente al tanto de lo que ocurría en el mundo.

Borges, por su parte, era magnífico (quizás si la palabra magnífico no le hubiera molestado). En una reedición de sus Obras Completas (Emecé), publicadas después de la muerte de Borges, se explica que "estas fueron corregidas por Borges hasta su producción de 1980, y no incluyen algunos de los títulos antes mencionados, por decisión de su autor, a quien nunca abandonó el sentido de la medida". Por eso Borges no escribió una novela, porque sentía una desconfianza instintiva ante los absolutos. Quizás fue esta la razón que tuvo para desconfiar de Dios: tal perfección lo horrorizaba. Y optó por las formas mesuradas. Fiel a esta estética ni siquiera intentó escribir un poema demasiado extenso.


 Curiosa singularidad: los intentos literarios característicos de quienes sobresalen como escritores en el siglo XX, están animados por una ambición desmedida. Mientras, Borges es la contraparte (en América, que se sepa, en esta cualidad sólo se le equiparan María Luisa Bombal y Juan Rulfo). Sus textos tienen, en su reducción, la gracia de los seres vivos, de lo que brota naturalmente armónico y ofrece una visión única e inimitable de la naturaleza, como espléndido regalo al hombre inmortal arrodillado ante el tiempo que dura una vida, vencido por la incógnita de la muerte. Son textos vivos también porque están envueltos en el misterio de la sangre, en los apetitos y obsesiones del amor y sus eternas y universales manifestaciones, sin embargo, únicas. La misión del escritor, que ha de tenerla, es sacar de las tinieblas la luz, es hacer explotar, con el brillo de diez mil soles, lo que está apagado en la zona oscura del ser. Y Borges lo recordó: su obra habla de la antigua sabiduría de ser a un mismo tiempo lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos, de ser, juntamente, la primavera, el otoño, el invierno y el verano de la vida.


(C) Waldemar Verdugo
Fuente:  http://www.letras.s5.com  

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Biografía

"Autor contemporáneo Argentino que goza de mayor fama internacional ". Hijo de Jorge Guillermo Borges profesor y escritor y de Leonor Acevedo Haedo. Nació en Buenos Aires, el 24 de Agosto de 1899. El 4 de Marzo de 1901, nace su hermana, Norah, compañera de juegos con la que no peleaba nunca y con la que compartió sus miedos infantiles. Su padre a menudo le recitaba poesías en inglés; " idioma que se alternaba en el hogar con el español por la influencia de su abuela paterna Haslam Arnet ( inglesa )" , de Swiburne y de Keats, sus preferidos. La madre Leonor, afirmaba que fue su marido quien guió a su hijo en los gustos literarios; poseían la misma inteligencia, el mismo tipo de " humour " y conversaban de literatura mano a mano, desde que Jorge fue muy joven. El chico aprendió a leer en inglés y más tarde en Castellano, pero ni él ni su hermana fueron a la escuela, después de recibir en su hogar la instrucción que le imparte una institutriz inglesa, ingresó en el cuarto grado de la escuela primaria del Estado. El inglés fue el idioma de su infancia y en 1908 tradujo " El Príncipe Feliz ", de Oscar Wilde. Viajó luego a Europa con su familia, donde visitó París y se instaló en Ginebra, Suiza, donde los niños realizarían sus estudios refugiándose de la guerra. Estuvo luego en Francia, Alemania y España donde se inició como poeta y unió al grupo de los ultraístas, cuyo movimiento difundió en la Argentina. En 1922 funda la revista " Proa ", junto con González Lanuza, Macedonio Fernández y Norah Lange. De regreso en Buenos Aires se entregó a la poesía, dentro del movimiento ultraísta porteño, y publicó su primera colección Fervor de Buenos Aires ( 1923 ) y más tarde Cuaderno de San Martín. Integró el grupo literario Martín Fierro y participó en varias revistas. Transitó luego al relato y al ensayo corto y dio a conocer su Historia Universal de la Infamia ( 1935 ), que llamó poderosamente la atención del público literario por la novedad de los ensayos y la agudeza de los razonamientos, características que habría de conservar en su prosa para siempre. Dentro de esta línea publicó más tarde dos importantes colecciones de cuentos, Ficciones ( 1944 ) y El Aleph ( 1949 ). Fue más tarde profesor de literatura inglesa en la Facultad de Filosofía y Letras y se lo designó director de la Biblioteca Nacional ese mismo año. Obtuvo el " Prix International des Editeurs " en 1961, compartido con el escritor irlandés Samuel Beckett. Viajó por Europa y América dictando cursos y conferencias en numerosas universidades e instituciones culturales del país y del extranjero. Continuó publicando cuentos, poesías y ensayos en diversas revistas y diarios, que compiló más tarde en otros volúmenes. En 1946, al asumir Perón el gobierno, elegido en elecciones realizadas en ese año, es transferido en julio por el intendente Emilio Siri de su puesto de bibliotecario al de inspector de pollos, gallinas y conejos en las ferias municipales. Se trataba de una humillante venganza por su decidida oposición al peronismo. Borges renuncia y sigue dando conferencias (siempre vigiladas por policías o pesquisas del gobierno peronista) en el Instituto de Cultura Inglesa para ganarse la vida. Borges ha sido recompensado en su país y en el extranjero con un gran número de distinciones; entre ellas podemos nombrar: el Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores, que fue creado especialmente para él; de la cual fue presidente desde 1950 a 1953, el Primer Premio Nacional de Literatura ( 1956 ), el Premio Alfonso Reyes de México, el Premio Interamericano de Literatura Matarazzo Sobrinho de Brasil, en 1965 el embajador de Italia le entrega la medalla de oro del IX Premio de Poesía de la ciudad de Florencia, en 1966 recibe de la comuna de Milán el IX Premio Internacional Madonnina, el 22 de Mayo de 1968 el embajador de Italia le entrega las insignias de la Orden del Mérito de la República Italiana en el grado de Gran Oficial, a fines de Agosto de 1976 el gobierno de Chile lo condecora con la orden al mérito Bernardo O' Higgins en el grado de Gran Cruz, en Agosto de 1979 recibe de la República de Santo Domingo el premio denominado Canoabo de oro, el 3 de Junio de 1981 recibe en Cambridge (E.E.U.U) el doctorado Honoris de la Universidad de Harvard, a fines del mismo mes se le otorga el Doctorado Honoris Causa en Letras de la Universidad de Puerto Rico, fue designado doctor " honoris " causa de la Universidad Nacional de Cuyo y de la Universidad de Michigan (E.E.U.U ), etc. Desde 1962 fue miembro de la Academia Argentina de Letras. Su nombre fue propuesto varias veces para el Premio Nobel de Literatura. Sus obras se han traducido a veintiún idiomas. Como narrador, es considerado uno de los grandes cuentistas de la literatura universal. Sus obras han influido en escritores de todas las latitudes. Trabajaron en conjunto con Adolfo Bioy Casares, bajo el nombre de Bustos Domecq. Algunas de sus obras fueron: Dos fantasías memorables (1946 ); Seis problemas para don Isidro Parodi ( 1942 ); Cuentos breves y extraordinarios ( 1955 ) y algunos más. En 1973, la Municipalidad de Buenos Aires, lo declara ciudadano ilustre.A causa de su creciente ceguera, que motivó múltiples operaciones, se le prohibe leer y escribir, órdenes que son cumplidas por su madre y amigos. Finalmente, el 14 de junio de 1986 muere a sus 87 años en Ginebra. Obras LOS CUENTOS DE BORGES Aunque la poesía de Borges es digna de elogio, su fama internacional se debe a sus cuentos y ensayos. Se ha dicho que nadie en lengua española moderna ha creado como él un estilo " tan estilo ". En efecto, su personalidad artística se respalda no sólo en una temática novedosa, sino también en una técnica y en un estilo literario propio. Sus temas son en general de procedencia libresca, en cuanto parecen suscitados por lecturas del autor, quien una vez tomado el asunto en sus manos les da una perspectiva y una derivación originales, y convierte así, esa materia erudita y muerta, en un asunto de vitalidad e interés actuales. FICCIONES DE BORGES La infatigable oriqinalidad de Jorqe Luis Borges encuentra en este libro oportunidad de amplio lucimiento. Ficciones dio lugar en su momento a la enjundiosa admiración de la crítica sobre él, poco pueden agregar estás líneas que no buscan presentar al libro, sino simplemente repetir que Ficciones es imprescindible en la actualidad para juzgar la literatura contemporánea. El crítico y humanista Roger Caillois ha pronunciado palabras definitivamente consaqratorias: "Actualmente puede decirse sin paradoja que Borges es más conocido, más admirado y, sobre todo, más estudiado en las márgenes del Sena que en las del Río de la Plata." Traducido a varios idiomas, Ficciones fue galardoneado en 1961 con el Premio Internacional otorgado a los editores de Francia, EE.UU., lnqlaterra, ltalia, Alemania y España. A la edición primitiva, Borges agregó tres cuentos: El Fin, La Secta del Fénix y El Sur. Vuelven, pues, de nuevo a manos del lector Funes el memorioso, El jardín de senderos que se bifurcan, Tlón, Ugbar, Orbis Tertius. Con cada uno de los cuentos de Ficciones podría hacerse una selección por separado que incluyera los mejores del género. Todos pertenecen a la clásica categoría de las piezas antológicas. Medido y filoso, el estilo de Borges describe con acertada rapidez, la nota humorística de Pierre Menar, autor del Quijote, o el suspenso matemático de La muerte y la brújula, o la penetrada filosofía de El Sur; sin hablar de la Biblioteca de Babel, página premonitora y lúcida del actual director de la Biblioteca Nacional. LA COSMOVISIÓN DE BORGES Hay un trasfondo filosófico en todos ellos que se refleja en su concepción peculiar del tiempo, el espacio, la muerte, el infinito, la existencia humana y el mundo. Borges toma el mundo existente y real como si fuera una alucinación o una idealización dentro de la cual vivimos, sin darnos cuenta. La muerte es para él la clave de la vida y cada uno tiene su vida personal. El destino humano es incomprensible para el ser humano, y la vida se repite con nosotros simétricamente, es un inexplicable laberinto de destinos: el destino es como otra persona que llevamos dentro de nosotros mismos. El tiempo es un eterno retorno, un regreso hacia el infinito que se repite constantemente. Borges, debe toda esta concepción a su constante lectura de los filósofos. TÉCNICA Y ESTILO Aunque Borges se inició poéticamente con temas de repercusión popular, como la ciudad de Bs.As., sus calles, patios, compadritos, etc.; parece haber renunciado a esta modalidad ya que sus cuentos son materia literaria para otro tipo de público. Se requiere una erudición particular para poder entender a fondo el simbolismo de ellos, y esta erudición no siempre está al alcance de todos. Los géneros preferidos del escritor fueron el cuento fantástico, de contenido metafísico desarrollado dentro de una estructura algo parecida a la del relato policial, el tiempo y lo intemporal, la paradoja, la naturaleza, etc. Sus cuentos como sus relatos y sus poesías, son de una arquitectura estructural muy bien pensada, lógicamente desarrollados, y escritos con una economía de recursos certeramente planeada. Nada sobra en ellos, pero nada falta. Escribe lo estrictamente necesario para decir lo que tiene que narrar, y no se excede en ningún momento. Su estilo es otra de la novedades. Se ha dicho que sus ensayos y sus cuentos constituyen una serie de problemas literarios y filosóficos que , introduce con brevedad y resuelve con gracia y elegancia. OTRAS DE SUS OBRAS SON: " Poesía y Prosa "; El hacedor ( 1960 ); Elogio de la Sombra ( 1969 ); El Oro de los Tigres ( 1972 ). " Ensayos "; Inquisiciones ( 1925 ); El tamaño de mi Esperanza ( 1926 ); Evaristo Carriego ( 1930 ); Aspectos de la Literatura Gauchesca ( 1950 ); Otras Inquisiciones ( 1952 ); Borges Oral ( 1979 ); Historia de la Eternidad ( 1936 ); Libro de los Sueños ( 1976 ); Nueve Ensayos Dantescos ( 1982 ); Prólogos ( 1975 ), y algunos más. " Ficción "; El Jardín de Senderos que se Bifurcan ( 1941 ); La muerte y la Brújula ( 1951 ); El Libro de los Seres Imaginarios ( 1968 ); El Libro de Arena ( 1975 ) y Rosa y Azul ( 1977 ).

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